La huella intacta

(Blog dedicado a la literatura de terror y misterio)

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CARTA

Posted by Jaime López On martes, noviembre 30, 2010 0 comentarios

Estás roncando. Sé que en una hora y cuarto te vas a levantar al baño. Voy a dejarte la luz encendida. A veces no te acordás de dónde se prende.
Sigo destejiendo el pullóver negro. No puedo dormir. En estas horas de insomnio, sigo pensando en lo que te quiero contar. Quiero que me perdones, nada más. No te imaginás la culpa que siento. Treinta y dos años después, quiero que lo sepas. Estoy más arrepentida que nunca.
Ahora estás teniendo una pesadilla. Te toco los pies para despertarte y lograr que te des vuelta. ¿Serán mis malos pensamientos que se transmiten hacia vos? Siempre temí que ese miedo me delate.
Fue sólo una vez, tanto tiempo atrás. Te lo juro. El Alzheimer va a hacer que lo olvides muy pronto. Pero necesito tu perdón, quiero que lo entiendas. Tuvimos todo. Hijos felices, tus premios, mi vida entera dedicada a ustedes. No me arrepiento de nada. Sólo de eso. Sé que el amor limpia y sana todas las heridas. Aunque a esta altura
y con tus años, no sé si quiero abrir una nueva.
Voy a dejar una carta contándote, con todos los detalles. Sé que vas a entenderme. Empiezo ya mismo a escribirla. Voy a ponerla en la mesita de luz, donde me dejabas las notitas al irte a trabajar.

 
La anciana despertó asustada. Eran las diez de la mañana y los pájaros seguían cantando. No estaba el viejo en la cama. ¿Habría visto la carta? Estaba en el mismo lugar y el sobre, cerrado. ¿Y el viejo?
Se levantó lo más rápido que pudo y se envolvió en su bata. Presintiendo lo peor comenzó a llamarlo. Gritando, llegó hasta el baño. Quieto, pálido, sentado sobre el inodoro estaba el viejo, sin respirar. Ya era tarde. No se podía hacer nada. Dormía en paz.

Dos noches después, luego de retirar las cenizas de la empresa de sepelios, llegó a la casa de siempre. No había nadie para recibirla, para esperarla con el mate tibio. Para acompañarla y para ver, aunque sea en silencio, un poco de televisión.
Van a ser años muy largos. Ni siquiera sé si leyó la carta. ¿Por qué esperé tanto para contárselo?
 
Puso la caja plateada con los restos sobre la mesa del comedor. Pensó en darse una buena ducha. La necesitaba. Se dio vuelta hacia el sofá, instintivamente, para preguntarle al viejo si había prendido el calefón. Por un tiempo sería así, le habían contado.

Dejó las luces encendidas y fue hacia la cama. Retomó el pullóver y siguió destejiendo. ¿Para qué serviría la lana ahora? Prendió el televisor en el canal que veían cada noche.

Segundos antes de dormirse, se asustó al notar el perfume de él. El de siempre. El que dejaba impregnado en la ropa, en cada prenda que usaba. Algo le impedía moverse. No había nadie allí, pero sentía la presión de una mano gruesa y pesada sobre su garganta.

Intentó gritar. No pudo. Quiso respirar. Ya casi no podía. La mano del viejo seguí apretando su cuello hasta asfixiarla. Cerró los ojos con un solo pensamiento, el último de su vida.

El viejo había leído la carta. Y nunca iba a perdonarla.

Gonzalo Salesky
Extraido de su libro "2011"

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