La huella intacta

(Blog dedicado a la literatura de terror y misterio)

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La más terrible de las condenas

Posted by Jaime López On jueves, marzo 25, 2010 2 comentarios

Despertaba con un fuerte malestar general. Su cabeza retumbaba al ritmo de una diabólica danza africana, surgida de la oscuridad. Sus párpados pesaban y se negaban a obedecer la orden de apertura. Su nariz fría, absorbía con violentos espasmos los incontenibles desechos del resfriado. Su cuello agarrotado se iba encajando en su estado habitual y se convertía en eje rotor de una cabeza perdida. 
Entre sus huesudas manos se escapaba un resbaladizo libro que caía al suelo. Lo miraba con la más absoluta ignorancia de lo que aquello podía ser. Su cuerpo torcido y semihumedo se hallaba en un rincón de una pequeña celda, la cual poseía una ventana pequeña dentada con cuatro gruesos barrotes del más oscuro metal. Un haz de luz cruzaba el cuadro de la habitación prometiendo el calor del sol. El hombre enfermo decide arrastrar su cuerpo hacia la luz. En su agónico viaje encuentra de nuevo el libro nacido de sus brazos. Lo acoge como propiedad y lo conduce con él a la oportuna “lengua” de sol. Allí, bien situado, el astro rey consuela al “mojado” acariciando su rostro con total bondad. Tras unas inesperadas toses, el hombre decide curiosear el interior del libro. Lo huele y descubre papel antiguo. Lo toca y siente una piel suave y cálida. Comienza a leer lleno de curiosidad – ah! divina curiosidad - la historia de su callado compañero.

“Mi nombre es Simón y esta es mi historia.
Me dedicaba al  espionaje. Grandes empresas, gobiernos y mafias de todo el mundo, acudían a mí en busca de información secreta. Así, durante varios años, logré convertirme en uno de los más buscados espías del planeta. Ganaba grandes fortunas de dinero. Viajaba a cada rincón del mundo donde se requería mis servicios. Las mujeres más bellas, acompañaban mis noches de lujuria y desenfreno; en definitiva: era el amo del  mundo. No había nada que se escapase de mi vista. Hundía cientos de empresas con simples llamadas telefónicas. Escondía a  torturadores de guerra y sus divisas de la inepta mano de la ley en lugares insospechados. Extraje información esencial de una empresa de software para acabar con su monopolio, para así recibir los millones de las competidoras durante varios años.
Un día recibí una llamada de un embajador haitiano. Nos citamos en un modesto bar del puerto de Nueva York. Allí me hablo del jefe de estado de la república de Haití, el cual había sido advertido de un cercano golpe militar. Su embajador –François Durot – me pidió la rápida ayuda para la extracción del capital a algún lugar seguro. Le hablé de mis honorarios y sin dejadme acabar estrechó mi mano y aceptó.
Me puse rápidamente en funcionamiento. A través de códigos cifrados por la red, recibía la información necesaria para poder hacer desaparecer los elevados números de presupuestos de estado, del gobierno antillano. Cada dos días recibía la llamada del embajador ansioso de saber el final de la historia. Una vez cumplida mi misión el embajador me invitó a su casa para allí concretar los puntos finales de la operación. Tras una copiosa cena, me condujo a su estudio. Yo como espía, daba los datos oportunos para poder acceder al dinero con facilidad. Direcciones y teléfonos donde poder esconderse durante toda la vida. Él como político, firmaba con extrema impaciencia todos los documentos necesarios. Una vez acabado el trabajo el embajador como señal de amistad me invitó a pasar la noche acompañado por Marie. Joven virginal de dieciséis años dispuesta a mostrarme los secretos de la misteriosa Haití, en su cama de sabanas de seda. Fue una noche de magia y dulce vino. Su cuerpo se evaporaba de mis manos como humo negro. Mi cabeza daba vueltas y mi corazón latía con menos fuerza. Luego: la oscuridad.
Me despertó la voz de un insolente barco. Me encontraba amordazado en una débil cabaña de cañas, acompañado por el embajador, Marie –mi bella Venus negra – y un anciano de una incalculable edad, que me miraba con rabia, mientras susurraba extrañas palabras ante un infernal fuego. En el exterior, unos frenéticos tambores sonaban acompañados de voces con alma oscura. El hechicero comenzó a escupir sobre el fuego ron mezclado con sangre de gallo. El sacerdote miró al cielo y gritó tres veces: ¡Bon Dieu!
El embajador se acercó a mí y me recomendó que no quitase la vista del houngan – el sacerdote –,  pues aquello era un espectáculo único en el mundo. La intensidad de la luz de las velas creció un instante para mostrarme la cruel imagen del dios serpiente. Me forzaron a beber un extraño y viscoso compuesto. Tras esto, me arrastraron varios hombres por el suelo. En el exterior tuve la oportunidad de ver que me encontraba en Haití. Marie en sus invitaciones a vino me hizo beber un narcótico que me dejo dormido varias horas, en las cuales fui trasladado a aquel perverso lugar.
Dentro de un pequeño bunquer en mitad de la selva, el propio embajador desató mis cuerdas. Me explicó que el actual jefe de estado de Haití le había destituido de manera injusta, hacía ya seis meses. Tuvo la idea de contactar conmigo por referencias de otros embajadores, que como él, temían el día de su cese. El problema era que no podía pagarme la cantidad necesaria por el trabajo. Confió en Marie - su amante – y en la magia del vudú. Las consecuencias de aquella pócima no serian mortales, pero sí muy eficaces.
Me acercó un libro sin nombre, vacío de contenido. Me regaló su estilográfica con gran elegancia y me indicó que comenzara ha escribir mi historia. ¿Mi historia? ¿Qué historia? – Pregunté desconcertado. Me miró a los ojos con una gran frialdad y me dijo que a la mañana siguiente mi mente quedaría en blanco. Todos mis recuerdos desaparecerían para siempre, a no ser que en las ultimas horas de ese día escribiera todo lo posible para el día siguiente seguir siendo el mismo y poder recordar mi identidad tachada. Lleno de rabia comencé a escribir éste que es tu libro de recuerdos, de quien fuiste una vez y no serás jamas.
La más terrible de las condenas recaerá en ti día tras día:  despertar.“

El lector suelta el libro con un gran escalofrío en su cuerpo. El sol le ha abandonado y pronto caerá la noche. El hombre tapa su cara horrorizada de esa cruel historia.
¿Que mente perversa puede crear algo así? – Se pregunta.
Acoge de nuevo el libro en sus manos y vuelve al rincón del cual despertó. Con lagrimas en los ojos empieza a convencerse de la historia, su historia. Aprieta con fuerza el libro en su pecho y confía que todo aquello no es mas que una pesadilla. Cierra los ojos y se rinde al sueño.

©Jaime López

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2 Response for the "La más terrible de las condenas"

  1. Que bueno y que malo a la vez ha de ser muy desagradable sentir esa sensación veo que disfrutas con divertimento del horror enhorabuena camarada es sumamente siniestro salud.

  2. Toda luz tiene su sombra.

    Saludos, Malva.