La huella intacta

(Blog dedicado a la literatura de terror y misterio)

  • Donde leer es un placer perverso

¿Fué un sueño?

Posted by Jaime López On martes, marzo 15, 2011 0 comentarios


¡Siempre la amé locamente!

¿Cómo nace el amor? ¿Qué nos lleva a sentirnos atraídos por una mujer hasta creer que quedaríamos incompletos de no conseguirla? Resulta muy singular que sólo pueda existir para un hombre una mujer en el mundo, alimentar un único pensamiento en la mente, nada más que una pasión en el corazón y el nombre en los labios de una persona que se considera de propiedad exclusiva... Un nombre que se eleva permanentemente, igual que lo hace el agua más fresca en un manantial de montaña, brotando desde las honduras del alma hasta la boca, para repetirlo continuamente, hasta querer susurrarlo sin parar, en cada uno de los lugares donde uno se encuentre, de la misma forma que si fuera una plegaria que nunca agota.

He de confiaros nuestra historia, porque entiendo que el amor nada más que necesita crear una sola, aunque a un frío observador pueda parecerle la misma, cuando quien la alimenta la considera única. Desde el mismo instante que la conocí tuve la gran fortuna de alimentarme de su ternura, de sus caricias apasionadas, de sus palabras y de los brazos que con tanta delicadeza me rodeaban, dejándome envuelto por completo, dulcemente apresado y subyugado por cada cosa que provenía de ella, hasta el punto de que carecía de importancia si era de día o de noche, sumido en un universo totalmente nuestro.

De repente, ella falleció, se me fue. ¿Cómo pudo suceder? Lo ignoro. Quedé indefenso, sin explicaciones. Sólo recuerdo que una noche, la última, la vi llegar a casa totalmente empapada, debido a que estaba lloviendo copiosamente. A la mañana siguiente la escuché toser, y lo estuvo haciendo a lo largo de una semana insufrible. Fue necesario que guardase cama. Me cuesta pensar en lo que sucedió, creo que llegaron los médicos, escribieron unas recetas y se fueron. Ordené a los criados que compraran las medicinas y varias mujeres se las dieron a beber. Cuando la vi, me tendió los brazos y cogí sus manos, para comprobar que las tenía muy calientes. Me senté a su lado, toqué sus sienes y pude advertir que le ardían, lo mismo que sus ojos encerraban ese brillo triste que produce la fiebre. Cuando la hablé, me contestó con una voz muy débil. He olvidado lo que comentamos, porque me obsesionaba el temor a perderla... Desde el momento que murió, ¡lo he olvidado todo, todo, todo! Nada más que me queda el sonido de sus suspiros de agonía. La enfermera únicamente tuvo que pronunciar una exclamación, «¡ah!», para que yo entendiese que mi amor se había ido para siempre... ¡Esto es lo que comprendí! ¡Esto es lo que comprendí!

Creo que alguien me consultó sobre cómo debía ser el entierro; pero he olvidado lo que conteste, aunque me ha quedado la imagen del ataúd y el sonido, eco infernal, del martillo al clavar la tapa, para encerrarla allí dentro... ¡Dios mío, alejándola para siempre! ¡Para siempre!
Ella fue sepultada, ¡sepultada! ¡La criatura más bella apresada en aquella fosa! Me rodeó la gente... que debía ser amiga... No quise oírles, ni verles, y salí huyendo de allí. Seguí haciéndolo a través de las calles, hasta que volví a mi casa y al día siguiente me fui de viaje... ¿Qué me retenía allí si acababa de perder a la única persona que merecía la pena?

Ayer mismo he vuelto a París. Es el momento en que me encuentro nuevamente en mi dormitorio –nuestro dormitorio, nuestro lecho de boda, esos muebles que los dos seleccionamos, todo lo que se conservaba de la vida de un ser humano luego de su muerte–. Me sentí sacudido por un ataque de nostalgia y de pena, hasta el punto de que me asaltó el impulso de abrir las ventanas para arrojarme al duro empedrado de la calle. No me sentía con fuerzas para seguir en el interior de aquella casa, encerrado entre unas paredes que habían recogido las risas y las voces de felicidad de ella, sentido el roce de su cuerpo o la sensual caricia de su aliento. Recuerdos que debían mantenerse ocultos en algunas de las grietas. Cogí el sombrero dispuesto a marcharme. Sin embargo, antes de salir crucé por delante del enorme espejo del vestíbulo. Espejo que ella había mandado colgar allí mismo, para poderse contemplar de cuerpo entero, con el fin de comprobar si lo que se había puesto le quedaba bien, ya fueran los zapatos, el sombrero, el vestido o las joyas.

Quedé inmóvil ante aquel espejo, en el mismo que ella se había mirado en cientos de ocasiones... ¡Tantas que el cristal debía conservar el recuerdo de su imagen! Permanecí allí de pie, sin dejar de temblar, con la mirada fija en mi reflejo –sumergido en aquel liso, grande y vacío cristal–, sabiendo que nunca más guardaría el suyo. Pero el espejo la había poseído, acaso tanto como yo, lo mismo que sus miradas apasionadas. Creí que podía amar a ese cristal. Alargué la mano para tocarlo... ¡estaba muy frío! ¿Dónde se hallaban mis recuerdos? ¡Mi triste espejo, cálido espejo cuando ella se reflejaba, que sometes a tantos sufrimientos a los hombres que han amado! ¡Feliz el ser humano que es capaz de olvidar todo lo que ha contenido un simple cristal, cada una de las imágenes que han pasado delante de él, lo mucho que ha podido contemplar y las expresiones apasionadas que ha recogido, muchas de ellas enamoradas! ¡Cómo me haces sufrir!

Salí de la casa como un autómata. Sin quererlo me dirigí hasta el cementerio. Mis pasos me llevaron ante una tumba, en la que alguien había colocado una cruz de mármol blanco, en la que se podía leer esta inscripción:

Amó, fue amada y falleció.

¡Ella se encontraba allí, debajo de la lápida, en un ataúd... Descompuesta! ¡Qué terrible! Comencé a gemir con el cuerpo vencido y la frente apoyada en la tierra. No sé el tiempo que permanecí en esta postura. Debió ser mucho. Cuando me incorporé estaba anocheciendo. Súbitamente, me dominó un deseo alocado, el propio de un amante desesperado... Me prometí pasar allí la noche, que acaso fuera la última, sollozando sobre su sepulcro. Pero lo normal es que alguien me viese y no me lo permitiera... ¿Qué podía hacer? Mientras intentaba encontrar una solución a este problema, comencé a caminar por aquella metrópoli de la muerte. Anduve sin rumbo, lejos de todo control del reloj, envuelto cada vez más en la negrura nocturna, a la que mis ojos se habían habituado. No tardé en decirme que me hallaba en una ciudad más pequeña que la del exterior, ésa que correspondía a los vivos. Porque cada uno de nosotros necesita una casa, lo más grande posible, anchas calles y demasiado espacio para las cuatro generaciones que comparten la luz al mismo tiempo; mientras, procuran beber agua de las fuentes o el vino que nace de las vides, y alimentarse con el pan caliente de los campos.

¡Al mismo tiempo para cada una de las generaciones de los difuntos, para la totalidad de los muertos que nos han precedido, no había apenas nada, nada! La tierra se los tragaba para que el olvido de los vivos los sepultara todavía más... ¡El adiós definitivo a los que se fueron para no volver jamás!
Cuando llegué al final del cementerio, caí en la cuenta, de pronto, que había llegado a la zona más antigua, donde los que fallecieron hace más de un siglo ya se habrían confundido con la tierra, porque hasta las cruces de madera de sus tumbas aparecían podridas. Quizá allí fuesen enterrados los que iban a morir mañana. Los senderos se hallaban sembrados de unos rosales que nadie cuidaba, de altos y tétricos cipreses... ¡Triste y hermoso jardín alimentado con carne humana!

Yo me encontraba solo, totalmente solo. Por este motivo procuré acurrucarme debajo de un árbol, escondido al amparo de sus ramas sombrías y frondosas. Allí aguardé, al igual que lo hace el náufrago con la última tabla que flota en medio del océano. Como si hubiera posibilidad de salvación cuando se ha perdido todo.
En el momento que había desaparecido la luz diurna me atreví a abandonar mi escondite, para comenzar a andar tomando ciertas precauciones. No quería hacer ruido, en medio de aquel territorio donde gobernaban los muertos; sin embargo, fui incapaz de localizar el sepulcro de mi amada. Procuré avanzar con los brazos extendidos, lo que no impidió que chocase contra alguna cruz, sobre todo con las que se alzaban en las zonas más oscuras. Me golpeé los brazos, las rodillas, el cuerpo y hasta la cabeza, sin poder encontrar lo que tanto anhelaba. Anduve a tientas igual que un ciego que ha perdido el rumbo. Fui tocando una gran cantidad de lápidas, cruces, verjas de hierro, coronas de metal y otras hechas de flores marchitas. Pude leer los nombres pasando sobre las letras las yemas de los dedos... ¡Qué noche más horrible! ¡Y no pude encontrarla a pesar de todos mis esfuerzos!

La luna se negaba a aparecer. ¡Vaya noche! Me sentí aterrorizado, horriblemente angustiado, preso en aquellos estrechos caminos, que se extendían en medio de dos filas de sepulcros. ¡Sepulcros! ¡Sepulcros! ¡Nada más que sepulcros! Se encontraban a mi derecha, a mi izquierda, delante y detrás de mí. Me envolvían, igual que si hubiera caído en un mar de sepulcros. Me senté en uno de ellos, porque me faltaban las fuerzas para continuar avanzando. Mis piernas se negaban a sostenerme... ¡Si hasta escuché los latidos de mi corazón! Pero oí algo más... ¿Qué era eso? Me pareció un ruido extraño, indefinible... ¿Acaso sólo se encontraba en mi cabeza? ¿Era producido por la noche? ¿Podía estar surgiendo de la tierra impenetrable sembrada de cadáveres humanos? Intenté mirar a mí alrededor, y me quedé inmóvil. Ignoro el tiempo que permanecí en aquel lugar. Me hallaba dominado por un terror paralizante, helado por el pánico, convencido de que había llegado mi última hora.

De repente, me pareció que la lápida de mármol en la que estaba sentado comenzaba a moverse... ¡Sí, alguien la desplazaba! No era una alucinación... ¡Sentí que era alzada! De un salto me trasladé a la tumba más cercana... ¡Entonces pude ver... Sí, pude ver con toda claridad cómo era levantada la lápida, la misma sobre la que había estado sentado! Apareció un muerto... o un esqueleto desnudo, que empujaba la losa desde abajo utilizando su espalda encorvada. Pude contemplarlo con toda nitidez, a pesar de que la noche seguía estando muy oscura. Pero al espectro le rodeaba una especie de fosforescencia y en la inscripción de la cruz conseguí leer:

Aquí fue sepultado Jacques Olivant, que falleció a la edad de cincuenta y un años. Amó a toda su familia, fue bondadoso y honrado, y murió en la gracia de Dios.

El esqueleto se detuvo a leer la misma inscripción. Seguidamente, cogió una piedra del suelo. Era pequeña y afilada, por la que le sirvió para rascar todas las letras con cierta minuciosidad. Una acción que realizó muy despacio, como recreándose, a la vez que las vacías cuencas de su calavera no perdían detalle del lugar que ocupaban las letras. Poco más tarde, sirviéndose de la punta del hueso de lo que había sido su dedo índice, escribió con letras luminosas, muy parecidas a las líneas que los chicos trazan en los muros con una piedra de fósforo:

Aquí fue sepultado Jacques Olivant, que falleció a la edad de cincuenta y un años. Asesinó a su padre a disgustos, porque quería heredar su fortuna; sometió a tortura a su mujer y a sus hijos, se burló de sus vecinos, robó todo lo que le fue posible y falleció en pecado mortal.

El muerto se quedó inmóvil nada más terminar de escribir, como si deseara comprobar su obra. Súbitamente, me vi obligado a mirar a mi alrededor, sin saber dónde fijar la atención, porque todas las tumbas estaban siendo abiertas desde dentro. En seguida contemplé una infinidad de esqueletos borrando las inscripciones de las cruces correspondientes a sus sepulcros, porque iban a sustituirlas con otras auténticas. Pronto comprobé que cada uno de ellos había procurado abusar de sus más íntimos, viviendo entre la malicia, la deshonestidad, la hipocresía, la mentira, la ruindad, la calumnia y la envidia. A cada uno de estos pecados habían unido el robo, el engaño y otros delitos mayores... ¡Esos padres devotos, hijos e hijas honestas, fieles maridos y esposas, honrados comerciantes y todos los que fueron considerados unas personas irreprochables..., se habían cuidado de escribir la verdad, la horrible y sagrada verdad, la cual todo el mundo pretendió ignorar al llegar la muerte!

Como imaginé que ella también habría escrito algo en su cruz, procuré ir a comprobarlo. Podía hacerlo por la luminosidad que brotaba de los sepulcros abiertos. Avancé en medio de los esqueletos, que parecían no escuchar mis pasos, como si estuvieran sordos y ciegos a otra cosa que no fuera el propósito de escribir la verdad, en una multitudinaria labor de expiación...

De pronto, tuve que detenerme... ¡Ella estaba delante de mí! A pesar de encontrarse de espaldas, pude reconocerla fácilmente, y eso que ya era un esqueleto. Debió ser algo emocional, porque el velo negro que cubría su cráneo aparecía raído. Recordaba muy bien la inscripción de su cruz:

Amó, fue amada y falleció.

Pero en aquel instante pude leer:

Se escapó un día de tormenta dispuesta a engañar a su marido. Tanto se mojó que cogió una pulmonía, de la que falleció.

Creo que alguien me encontró, al amanecer, tendido sobre el sepulcro, sin conocimiento.

Guy de Maupassant

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