La huella intacta

(Blog dedicado a la literatura de terror y misterio)

  • Donde leer es un placer perverso

El Monstruo Verde – Gerárd de Nerval (1849)

Posted by Jaume On martes, agosto 03, 2010 1 comentarios

1.— El Castillo del diablo
Voy a hablarles de uno de los más viejos habitantes de París: se llamó en otro tiempo el diablo Vauvert.
De ahí surgió el proverbio: —¡Eso es en lo del diablo Vauvert! ¡Váyase al demonio Vauvert!— Es decir: Váyase… a pasear por los Champú—Elysées—.
Los porteros dicen generalmente: —Está por lo del diablo verde—, para expresar un lugar muy lejano. Esto significa que es necesario pagar muy cara la comisión que se les encarga. Pero es por otro lado, una frase viciosa y corrompida, como tantas otras familiares al pueblo parisino.
El diablo Vauvert es esencialmente un habitante de París que perdura desde hace siglos, si uno cree en los historiadores. Sauval, Félibien, Sainte—Froix y Dulaure han contado largamente sus escapadas.
Parece que en un principio habitó en el castillo de Vauvert que estaba situado en el lugar ocupado actualmente por el alegre baile de la cartuja, en el extremo del Luxembourg y frente a l´Observatoire, en la rue de l´Enfer.
Este castillo, de triste renombre, fue demolido en parte y las ruinas se convirtieron en una dependencia del convento de los cartujos en la que murió en 1414 Jean de la Lune sobrino del antipapa Benedicto XIII. Jean de la Lunes fue sospechoso de haber tenido relaciones con cierto diablo, que podría haber sido el espíritu familiar del viejo castillo de Vauvert, ya que, como se sabe, cada uno de esos edificios feudales tenía su diablo.
Los historiadores no nos han dejado nada preciso sobre esta fase interesante.
El diablo Vauvert da que hablara nuevamente en la época de Luis XIII.
Durante mucho tiempo se había oído, todas las noches, un gran ruido en una casa hecha con los restos del antiguo convento, cuyos propietarios estaban ausentes desde hacía años, cosa que asustaba mucho a los vecinos.
Avisaron al lugarteniente de policía, que envió varios guardias.
¡Cuál no sería la sorpresa de estos militares al escuchar el tintineo de los vasos mezclados a risas estridentes!
Al principio se creyó que se trataba de monederos falsos entregados a una orgía, y calculando su número por la intensidad del ruido, decidieron buscar refuerzos.
Pero juzgaron, aun entonces, que el escuadrón no era suficiente: ningún sargento se animó a llevar sus hombres a esa morada, donde parecía que había el bochinche de todo un ejército.
Un cuerpo de tropas suficientes llegó finalmente a la mañana: penetraron en la casa. No encontraron nada.
El sol disipó las sombras.
Durante todo el día se hicieron búsquedas, pues de pensó que el ruido provenía de las catacumbas, situadas, como se sabe, bajo ese barrio. Se preparaban para penetrar, en ellas, pero, mientras la policía tomaba sus disposiciones, la noche volvió nuevamente y el ruido recomenzó más fuerte que nunca.
Esta vez nadie se atrevió a descender, porque era evidente que en la bodega no había más que botellas y que, por lo tanto, era el diablo quién las hacía bailar.
Se contentaron con ocupar los accesos de la calle y pedir al clero que obrase.
El clero hizo una cantidad de oraciones, e incluso se echó agua recién bendecida, por medio de una jeringa, sobre la banderola de la bodega.
El ruido persistió siempre.
2. — El sargento
Durante toda la semana la muchedumbre de parisinos no cesó de obstruir la entrada del barrio, asustándose y pidiendo noticias.
Finalmente un sargento de la prefectura, más audaz que los otros se ofreció para entrar en la bodega malita, siempre que le concedieran una pensión que podía ser transferida, en caso de muerte, a una costurera de nombre Margot.
Era un hombre corajudo y más enamorado que crédulo. Adoraba a la costurera que era una persona bien provista y muy económica, casi se podría decir un poco avara, y que no había querido casarse con un simple sargento desprovisto de fortuna.
Pero, ganando la pensión, el sargento se convertía en otro hombre.
Envalentonado por esta perspectiva, él proclamó —que no creía ni en Dios ni el Diablo y que averiguaría qué era ese ruido—.
— ¿En qué cree usted, pues? — le preguntó uno de sus compañeros.
— Creo —contestó él— en el señor fiscal y en el prefecto de París.
Era decir mucho en pocas palabras.
Apretó el sable entre los dientes, tomó una pistola en cada mano y se lanzó por la escalera.
El espectáculo más extraordinario lo esperaba al pisar la bodega.
Todas las botellas se entregaban a una zarabanda desenfrenada y formaban figuras muy graciosas.
Las de etiqueta verde representaban a los hombres, y las rojas a las mujeres.
Había también una orquesta dispuesta sobre las estanterías de las botellas.
Las vacías sonaban como instrumentos de viento, las botellas rotas como címbalos y triángulos, y las botellas llenas daban algo así como la armonía penetrante de los violines.
El sargento, que había tomado algunos tragos antes de emprender la expedición, al ver sólo botellas, se sintió muy tranquilizado y se puso a bailar él también, imitándolas.
Después, poco a poco, animado por la alegría y el encanto del espectáculo, agarró una amable botella de cuello largo, un burdeos claro, según parecía, cuidadosamente sellada en rojo y la apretó amorosamente contra su corazón.
Risas frenéticas partieron de todos lados: el sargento, intrigado, dejó caer la botella que se hizo añicos contra el suelo.
La danza se interrumpió, gritos de terror se hicieron oír en todos los rincones de la bodega, y el sargento sintió que el pelo se le ponía de punta al ver el vino derramado que parecía formar un charco de sangre.
El cuerpo de una mujer desnuda, cuyos cabellos rubios se extendieron por el suelo y se empaparon en la humedad rojiza, estaba tendido a sus pies.
El sargento no hubiera tenido miedo al diablo en persona, pero esta visión lo llenó de horror; pero, pensando que de todos modos, tenía que dar cuenta de su misión, se apoderó de una botella con sello verde que parecía juguetear ante él y gritó:
—¡Por lo menos tendré una!
Una inmensa carcajada le respondió.
Entretanto había vuelto a la escalera y, mostrando la botella a sus camaradas, gritó:
—¡Aquí está el diablito!… ¡Ustedes son unos capones (dijo una palabra mucho más fuerte) por no haberse atrevido a bajar!
Su ironía era amarga. Los guardias se precipitaron en la bodega donde sólo encontraron una botella de Burdeos, rota. El resto estaba en su lugar.
Los guardias deploraron la suerte de la botella rota; pero corajudos como eran todos se largaron a subir con una botella en la mano.
Se les permitía beberlas.
El sargento de la prefectura dijo:
—En cuanto a mí, guardaré la mía para el día de mi casamiento.
No se le pudo rehusar la pensión prometida y se casó con la costurera, y …
¿Creen ustedes que tuvieron muchos niños?
No tuvieron más que uno.
3. — Lo que siguió
En el día de la boda que tuvo lugar en la Rapee, el sargento puso la famosa botella de etiqueta verde entre él y su esposa y sólo permitió que ellos dos bebieran de ese vino.
La botella era verde sepulcral, el vino era rojo como sangre.
Nueve meses después la costurera dio a luz un pequeño monstruo totalmente verde, con dos cuernos rojos en la frente.
¡Y ahora, vayan muchachas…, vayan a bailar a la Cartuja…, sobre el emplazamiento del castillo Vauvert!
De todos modos el niño creció, si no en virtud, por lo menos en tamaño. Dos cosas contrariaban a sus padres: su color verde y un apéndice caudal que recordaba en principio una prolongación del coxis, pero que, si se lo observaba bien, parecía una verdadera cola.
Se consultaron a los sabios, quienes afirmaron que era imposible operar y extirparla sin comprometer la vida del niño. Estuvieron de acuerdo en que era un caso raro pero había ejemplos citados por Herodoto y por Plinio el Joven. No se preveía aún el sistema de Fournier.
En lo que se refiere al color, se lo atribuyó a un predominio del sistema biliar. De todos modos se ensayaron varios cáusticos para atenuar el matiz muy pronunciado de la epidermis y se llegó, después de una cantidad de lociones y fricciones a conseguir un verde botella, después un verde agua, y finalmente un verde manzana. En ningún momento la piel llegó a parecer blanca, y a la noche recuperaba su tono.
El sargento y la costurera no podían consolarse de la pena que les daba el pequeño monstruo, que cada vez se volvía más terco, colérico y malicioso.
La melancolía que experimentaban los condujo a un vicio común entre la gente de su clase: se entregaron a la bebida.
Pero el sargento no quería beber más que el vino de etiqueta roja, y su mujer sólo el de etiqueta verde.
Cada vez que el sargento caía como muerto de borracho, veía en sus sueños a la mujer
ensangrentada cuya aparición lo había espantado en la bodega después de romper la botella.
La mujer le decía:
—¿Por qué me apretaste contra tu corazón y después me destrozaste?… A mí, que te amaba tanto.
Cada vez que la mujer del sargento le había dado fuerte al sello verde, veía en sus sueños un enorme diablo, de apariencia atroz, que le decía:
—¿Por qué te sorprendes de verme… ya que has bebido de la botella? ¿No soy acaso el padre de tu hijo?
¡Oh, misterio!
A los trece años, el niño desapareció.
Sus padres, inconsolables, siguieron bebiendo, pero ya no vieron renovarse las terribles apariciones que habían atormentado sus sueños.
4.— Moraleja
Fue así como el sargento pagó su impiedad… y la costurera su avaricia.
5 .— ¿Qué pasó con el monstruo verde?
Nunca se supo.

'El niño con ojos de clavo' de Tim Burton

Posted by Jaume On martes, julio 27, 2010 1 comentarios

Metamorfosis

Posted by Jaume On viernes, julio 23, 2010 2 comentarios

Todo fue terminando como el fin de un sueño,
como cuando abres los ojos e inocente miras al cielo,
y tus manos que separas de la tierra para
mirar con afán de comprender lo que pasa.

Miras tu cuerpo, ese que era negro y hoy se ve tan humano,
tus orejas ya no escuchan como antes, tus uñas no son largas,
ni tu estómago siente esas ganas de devorar que parecían perennes en ti
tu espalda recta y tus veloces  patas se han vuelto dos piernas fuertes.

La luna te está sonriendo, te invita a verla, es como si te hubiera perdonado
corres al río y miras tu reflejo sorprendido, extasiado de felicidad, ¡ya no eres un lobo!
La fuerza suprema te brindo la segunda oportunidad que tu alma invocaba noche a noche,
eres un hombre y has vuelto en ti, tu corazón ya no está rodeado de hielo, el fuego lo rodea.

Metamorfosis, lobo hombre, ahora solo hombre,
anda, sigue caminando y no olvides nunca la lección,
hay algo más para ti en el futuro. El cielo asecha con truenos y relámpagos,
ha empezado a llover; la lluvia sana, lavara tu renacido cuerpo, ya no habrá mas sangre

Laura Ivett

La Carcajada

Posted by Jaume On martes, julio 20, 2010 1 comentarios

-Escucho una carcajada a medianoche en mi salón.
-¿Una cacajada? -pregunta el doctor quitándose las lentes.
-Si, cada noche.
-¿Le asusta?
-No me asusta la carcajada en sí, sino el desconocer el motivo de ella.
-¿Ha intentado averiguar su origen?
El paciente se rasca la cabeza y mira al suelo.
-Pasé una noche en mi salón acompañado de una vela y un libro. El sueño me venció. Volví a despertar por esa carcajada. Dí un respingo del susto.
-¿y bien? -el doctor queda boquiabierto con la narración.
-El libro que me acompañaba volvía a estar en la estantería. Desapareció de mis manos.

Esa misma noche, Adolfo Bellvel, regresó a su hogar como hacía de costumbre. Eran las diez de la noche. La escalera comunitaria estaba a oscuras y Adolfo la trepó acompañado de una canción silbada. La casa estaba en silencio. Dejó sus pertenencias en el recibidor. Caminó desconfiado por el pasillo que moría en el salón. Ese lugar tan extraño desde hacia una semana. Todo seguía en su sítio.
Tras la cena, se quedó amodorrado en el butacón junto a la ventana. Un haz de luna iluminaba parte de su rostro. Comenzó a roncar y el reloj de la pared lo interrumpió a la medianoche con doce campanadas. Ronquidos y campanadas crearon una extraña melodía. Una vela encendida sobre la mesa era testigo del momento.

[JA JA JA JA]

Adolfo Bellvel despertó sobresaltado mirando a todos lados, su corazón latía aceleradamente. ¿Quién eres? gritó a la nada. El silencio parecia responder: Nadie.
Se levantó con cuidado, como si le vigilaran en algun lugar oculto.

-¿Que extraña entidad viene a mi casa a mofarse de mi?

Nadie contestó. El ritual siniestro habia vuelto a suceder. Una carcajada a medianoche y un hombre asustado. La vela se consumía lentamente. La luna desaparecia tras una nube oscura.



-¿Que puedo hacer doctor? Creo volverme loco.
El facultado medita en silencio. Enciende su pipa y se acerca a su paciente impaciente.
-Coloque un espejo en el salón. Contémplese en él y todo lo que le rodea. Verá la realidad. Que está usted solo. Nadie se carcajea de usted. No deje que su mente le llene de fantasmas. Obsérvese a sí mismo, y repítase en su interior estas palabras: No hay nadie aquí. Mi mente solo juega conmígo.


El haz de luna descubrió a Adolfo colocando sobre la chimenea un enorme espejo. Se podia contemplar a través de el todo el salón. Su reflejo. La realidad frente de sí.
Colocó el butacón frente a la chimenea y se contempló. La mesa a su lado y una vela muda consumiéndose. Miró al reloj, quedaban cinco minutos para la medianoche. Apretaba sus puños de nervios. Tragaba saliba con fuerza. Cuatro minutos para la medianoche. Una gota de sudor se deslizaba por la sien. Las nubes dejaban ver la luna en su esplendor circular. Tres minutos para la medianoche. El corazón bombea la sangre con mas rapidez, sensación de mareo y nausea. Dos minutos. La mirada al espejo quedaba clavada, casi no pestañeaba. Un minuto... el reflejo de Alfonso le sonríe maquiavelicamente, coge la vela que le acompaña y prende fuego a su batín de seda natural. Suenan las doce campanadas. Arde deprisa y no se mueve, contempla a su gemelo desde el otro lado y comienza a carcajearse de risa. Una enorme antorcha humana se consume ante los ojos atónitos de Adolfo, que no deja de repetirse las palabras de su medico "No hay nadie aquí. Mi mente solo juega conmígo." El hombre que arde al otro lado no deja de carcajearse exageradamente, sin moverse del butacón que tambien comienza a arder. Adolfo se levanta rapidamente increpando a su siniestro gemelo, sin percatarse que la vela que hay a su lado cae sobre el butacón-

-¡No existes. Eres una falacia. No existes!

Las llamas del butacón alcanzan la seda real del colérico Alfonso. Comienza a arder y sigue increpando a su diabólico reflejo. Los gritos de rabia y desesperación se transforman en dolor. Alfonso cae al suelo consumido en llamas. Su imagen, le contempla. Luego desaparece poco a poco, mostrando el cadaver de Alfonso tendido en el suelo. El salón arde en llamas. Comienzan a oirse gritos en la calle avisando del fuego. La temperatura tan alta revienta los critales de la ventana, dejando escapar una columna de humo, denso y negro como la misma noche. Asciende como si deseara alcanzar a una luna, sola y desnuda.

©Jaime López. 2010

Un Horror Tropical – William Hope Hodgson (1905)

Posted by Jaume On viernes, julio 16, 2010 0 comentarios

Estamos a ciento treinta días de Melbourne, y durante tres semanas hemos tenido calma chicha.
Es medianoche, y hasta la guardia en cubierta, que será a las cuatro de la madrugada, voy a sentarme en la escotilla. Un momento más tarde, Joky, nuestro grumete, viene a charlar conmigo. Son muchas las horas que permanecemos sentados. conversando durante las vigilancias nocturnas. Aunque, a decir verdad, es Joky el que habla. Yo me contento con fumar y escucharle, gruñendo de cuando en cuando para demostrarle mi atención.
Joky lleva algún tiempo callado, con la cabeza inclinada, en honda meditación. De pronto, la levanta. con la evidente intención de hacer alguna observación. Pero al momento veo cómo su rostro se desencaja en una horrible mueca de espanto. Se echa hacia atrás, con los ojos mirando al vacío. Luego, abre la boca. Prorrumpe en unos sonidos inarticulados y cae de la escotilla, golpeándose la cabeza contra el suelo de cubierta. Intentando averiguar el motivo, vuelvo la cabeza.
¡Dios mío! Elevándose por encima de las planchas del barco, distingo claramente a la luz de la luna una inmensa boca a una braza de distancia. De sus gruesos labios surgen unos tentáculos. Entonces, la Cosa se acerca más al barco. Cada vez aparece más alto, más alto, más horrible. No tiene ojos visibles; sólo aquella boca, encima de un cuello semejante al tronco de un arbol.
Y ese cuello, mientras to contemplo fascinado, se curva hacia dentro con la celeridad de una enorme anguila. Luego, se convierte en una serie de pliegues y arrugas. ¿No acabará nunca? El barco sufre una tremenda sacudida par estribor al sentir el peso del monstruo. Luego, la masa ancha y aplastada, sin forma, se desliza por encima de la borda y cae en cubierta con un choque sordo.
Durante unos segundos, el horrible animal yace como un montón de cordajes babeantes. Después, con movimientos muy veloces, la monstruosa cabeza avanza por cubierta. Cerca del mástil principal se hallan los cajones con las viandas, y en lo alto de la pila hay uno con carne de buey salada. El olor de la carne parece atraer al monstruo; veo cómo la huele con respiración afanosa, increíble. Abre los labios y deja ver cuatro espantosos colmillos. Mueve la cabeza, se aye un crujido: la carne y el barril han desaparecido. El ruido hace salir a cubierta a uno de los marineros, que al momento no ve nada, par la oscuridad de la noche. Después, al aproximarse más, to ve, y lanzando tremendos alaridos, se precipita adelante ¡Demasiado tarde! De la boca de la Cosa surge una hoja blanca y reluciente, con unos dientes feroces y voraces. Aparto la mirada, pero no logro dejar de oír el ruido glotón de aquella boca.
El vigía, atraído par aquel sonido, ha presenciado la tragedia, y huye a refugiarse abajo, cerrando la portilla de hierro a sus espaldas.
El carpintero y el velero salen corriendo a cubierta, y al ver al monstruo huyen hacia el camarote, profiriendo chillidos de terror. El segundo contramaestre, tras una rápida ojeada desde el puente, desciende a toda prisa, seguido por el timonel. Le oigo formar una barricada tras la escotilla, y de pronto me day cuenta de que me he quedado sólo en cubierta.
Hasta ahora he olvidado mi propio peligro. Los últimos instantes me parecen una pesadilla. Sin embargo, comprendo mi situación y, estremeciéndome de horror, day media vuelta en busca de la salvación. Entonces, mis ojos tropiezan con Joky, que sigue insensible en el lugar de su caída. No puedo abandonarle. Muy cerca, en cubierta, se abre la puerta que conduce a una garita de acero. Dentro estaré a salvo.
Hasta el momento, la Cosa no se ha dado cuenta de mi presencia. Sin embargo, su cabeza en forma de barril gira en todas direcciones. Lanza como un berrido, y su lengua avanza y retrocede, al tiempo que el monstruo gira y viene hacia mí. Sé que no puedo perder ni un segundo, y agarrando al inconsciente muchacho, corro hacia la puerta abierta. Se halla sólo a unos metros, pero aquella horrible forma avanza hacia mí por cubierta, moviendo rápidamente sus anillos. Llego a la garita y caigo dentro con mi carga. Luego, pienso en cerrar la puerta. En el mismo instante, los blancos anillos rodean la garita. De un salto estoy dentro y atranco la puerta. Por el ojo de buey, veo cómo la Cosa rodea la garita, buscándome infructuosamente.
Joky aún no se ha movido. Me arrodillo, le aflojo el cueIlo del suéter y le rocío la cara con agua. Mientras tanto, oigo gritar a Morgan. Instantes después, suena un chillido de terror, y otra vez el espantoso glú, glú.
Joky se estremece, se frota los ojos y se incorpora.
—¿Era Morgan el que gritaba. . . ? —se interrumpe con sobresalto—. ¿Dónde estamos? ¡He soñado algo terrible!
En aquel instante se aye el ruido de unos pasos en cubierta y oigo la voz de Morgan ante la puerta.
—¡Abre, Tom!
Calla de repente, y lanza un alarido desesperado. Le oigo correr hacia delante. A través del mirador, le veo huir hacia el aparejo de proa y trepar por un mástil. Pero algo le sigue. Algo blanco en la noche. Y ese algo se enrosca a su pierna derecha. Morgan se detiene, saca su navaja y la hunde ferozmente en su enemigo. Este le suelta; inmediatamente. Morgan se encarama a lo más alto del mástil.
Hay un rato de quietud, y observo que está amaneciendo. No se oye nada, excepto la respiración agitada de la Cosa. Cuando sale el sol, el horroroso ser se tumba en cubierta y parece gozar del calor. No se oye nada, ni los marineros en la proa ni los oficiales en la popa. Supongo que temen llamar la atención del monstruo. Un poco después oigo un disparo de pistola a popa, y veo a la serpiente levantando su inmensa cabeza para escuchar. Es así coma puedo ver su parte anterior, y distingo con claridad lo que ocultaba la noche.
En la boca hay un par de ojos diminutos, que parecen guiñar con inteligencia diabólica. Balancea la cabeza de lado a lado, lentamente; de pronto, sin previo aviso, se vuelve rápidamente y mira por el ojo de buey. Me aparto de allí, pero no lo bastante de prisa. Me ha visto y aplasta la cabeza contra el cristal.
Suspendo la respiración. ¡Dios mío, si rompe el vidrio! Estoy petrificado. De la mirilla viene un sonido espantoso. La Cosa lo está arañando. Me estremezco. Recuerdo que hay unas portillas de hierro que cierran los ojos de buey cuando hace mal tiempo. Sin perder un segundo, me levanto y la cierro. A continuación hago lo mismo con las demás mirillas. Estamos en tinieblas, y le dijo a Joky que encienda la lámpara, lo que, tras varios tanteos, consigue.
Me duermo una hora antes de medianoche. Me despierto súbitamente varias horas más tarde, a causa de un grito de agonía y el horrible glu, glu.
Sospecho to ocurrido. Uno de los hombres ha salido del camarote en busca de agua.
Evidentemente, ha confiado en la oscuridad para disimular sus movimientos. ¡Pobre chico! ¡Ha pagado su confianza con la vida!
Ya no puedo dormir, aunque el resto de la noche pasa tranquilamente. Al amanecer dormito un poco, pero me despierto a menudo, sobresaltado. Joky duerme plácidamente: no obstante, parece agotado por el sufrimiento de las últimas veinticuatro horas. Le llamo hacia las ocho, y nos desayunamos ligeramente con galletas y agua. Afortunadamente, el agua no falta. Joky parece restablecerse y habla levantando la voz. Seguramente demasiado alto para nuestra seguridad. Mientras él habla, suena un tremendo golpe contra la puerta. Joky calla al momento. Mientras estamos sentados me pregunto qué harán los otros, qué comerán, cómo podrán estar sin agua, y qué nueva tragedia estará a punto de ocurrir.
A mediodía, oigo una detonación seguida de un mugido ensordecedor. cómo se astilla la madera, y los gritos de los marineros. Me pregunto en vano qué estará sucediendo. Y empiezo a razonar. Por el sonido del disparo, comprendo que se trata de algo más pesado que un rifle o una pistola. y a juzgar por el mugido de la Cosa, el proyectil habrá hecho blanco. Pensando más, me convenzo de que, por algún medio ignorado, han disparado con el pequeño cañón de que disponemos. y aunque sé que alguien debe estar herido, tal vez muerto, experimento una gran exaltación cuando oigo mugir otra vez a la Cosa, y comprendo que está herida, quizá mortalmente. Poco después, no obstante, el mugido se apaga, y sólo un sonido bajo y ocasional, que denota más ira que sufrimiento, me dice que el monstruo aún vive.
Por la inclinación del barco a estribor, comprendo que la Cosa está en aquel lado, y aliento la esperanza de que posiblemente se haya hartado de nosotros y ansía volver al mar. Por unos instantes reina el silencio y mi esperanza va en aumento. Me inclino hacia Joky y le despierto; dormía de bruces sobre la mesa. Se levanta lanzando un grito.
—¡Chis! —le hago callar—. No estoy seguro, pero creo que se ha largado.
El rostro de Joky resplandece, y me interroga ávidamente. Aguardamos otra hora, siempre más esperanzados. La confianza se aferra a nuestra alma. No oímos nada. Ni siquiera la respiración de la bestia. Cojo unas galletas, y Joky, tras buscar en un armario, saca un pedazo de tocino y una botella de vinagre. Lo devoramos todo con avidez. Después de nuestro largo ayuno, la comida obra en nosotros como el vino, y Joky insiste en abrir la puerta para asegurarse de que la Cosa se ha ido. No se lo permito, diciéndole que será mejor abrir las portillas de las mirillas y echar una ojeada hacia fuera. Joky discute, pero no me dejo ablandar. Se excita. Es muy joven y ligero de cascos. Luego, a medida que abro las portillas, Joky corre hacia la puerta. Lo atrapo antes de que pueda descorrer el cerrojo, y tras una breve lucha lo conduzco otra vez a la mesa. Mientras intento amansarlo, se oye por la puerta de estribor (la que intentaba abrir Joky), como un bufido agudo y fuerte, seguido inmediatamente por un gruñido atronador y un hedor a respiración pútrida que se filtra por debajo de la puerta. Se apodera de mí un gran temblor, y a no ser por el cajón de las herramientas de carpintería, me caería al suelo. Joky palidece y parece terriblemente mareado, tras lo cual solloza en un ataque de desesperación.
Van transcurriendo las horas y casi muerto de cansancio, me tumbo encima del cofre donde estoy sentado, y trato de dormir.
Deben de ser más de las dos de la madrugada; después de un prolongado sopor, me despierto sobresaltado, debido a un tremendo clamor. Los hombres gritan, maldicen, rezan… Mas a pesar del terror expresado, todos parecen en extremo debilitados. Mientras tanto, resuena el espantoso glu glu de la bestia. El terror se apodera de mí, y sólo sé caer de rodiIlas y rezar. Sé muy bien lo que está ocurriendo.
Joky, en su sueño, no ha oído nada, de lo cual me alegro.
Por fin, la luz se filtra por debajo de la puerta, y sé que nace el día de la segunda mañana de nuestro encierro. Dejo dormir a Joky. Que goce de paz mientras pueda. Pasa el tiempo, pero apenas me fijo en ello. Probablemente, la Cosa esté durmiendo. A mediodía como una galleta y bebo un poco de agua. Joky sigue durmiendo. Es lo mejor.
Un ruido quiebra el silencio. El barco sufre una sacudida; comprendo que la Cosa se ha despertado. Se mueve por cubierta, haciendo que el barco se balancee ligeramente. Se dirige a proa… hacia el puente. Al parecer, no halla nada. puesto que retrocede inmediatamente. Se detiene delante de la garita y va hacia popa. Allí, no sé exactamente dónde, parece reír salvajemente, si bien el sonido está lejos, algo apagado. El horror cesa de pronto. Escucho intensamente, pero solamente capto un agudo crujido más allá del extremo de la garita, como si alguien la forzase.
Un minuto más tarde oigo un grito, seguido casi al momento por otro agudo crujido que estremece al barco. Aguardo, lleno de ansiedad. ¿Que sucede? Los minutos transcurren con lentitud. Suena otro grito, que cesa de repente. El suspenso es espantoso, y no puedo soportarlo. Muy cautelosamente abro una portilla y atisbo hacia fuera. La visión es horrorosa. Con la cola en cubierta y su vasto corpachón en torno al palo mayor, se halla el monstruo moviéndose al aire. Es la primera visión clara que tengo de la Cosa. ¡Dios mío! ¡Debe pesar cien toneladas! Sabiendo que tengo tiempo, abro la mirilla, y me asomo para ver mejor. En el extremo del palo se halla uno de los marineros. Observo su rostro, desencajado por el miedo. No puedo ayudarle. La inmensa lengua surge y lame la vela, ascendiendo cada vez más. Más arriba aún, fuera de su alcance, se hallan otros dos hombres. A juzgar por to que veo, están atados al mástil. La Cosa intenta alcanzarles, pero, tras varios esfuerzos inútiles. se desliza hacia abajo, anillo a anillo, hasta la cubierta. Mientras tanto, observo una gran herida en su cuerpo, a unos cuatro metros de la cola.
Miro en ambas direcciones. La puerta del camarote está rota por los goznes, y el mamparo, que es de madera de teca, se halla destrozado en parte. Estremeciéndome de nuevo, comprendo la causa de los gritos después del cañonazo. Girando la cabeza, trato de mirar hacia el mástil de popa, pero me es imposible. El sol está ya bajo, y se aproxima la noche. Retiro la cabeza y cierro la mirilla con su portón.
¿Cómo terminará esta pesadilla? ¡Oh! … ¿cuándo?
Poco después se despierta Joky. Está muy inquieto, y aunque no ha comido nada en todo el día, no consigo hacerle probar bocado.
La noche se arrastra hacia nosotros. Estamos agotados. . . demasiado desesperados para hablar. Me tiendo, pero no consigo conciliar el sueño. Pasa el tiempo…
Un ventilador suena violentamente en la cubierta principal, y hay un alboroto ruidoso, constante. Más tarde, percibo el gruñido agónico de un gato. Luego, quietud. Una hora después se oye un chapuzón. Nuevamente, silencio como en la tumba. Ocasionalmente, me siento en el cofre y escucho, pero no oigo ni un leve susurro. El silencio es absoluto, incluso ha cesado el ruido de la maquinaria. Por fin, albergo nuevamente una leve esperanza. Aquel chapuzón, el silencio.. . Seguramente mi esperanza está justificada. No despierto a Joky. Primero comprobaré si estamos a salvo. Sigo sentado. Aguardo. No quiero correr riesgos innecesarios. Me aproximo a la mirilla y escucho. Ningún sonido. Pongo mi mano en la falleba, vacilo, pero no mucho. Sin hacer ningún ruido, empiezo a descorrer el cerrojo. La portilla gira sobre sus goznes, y me asomo. El corazón me palpita alocadamente. Fuera todo está oscuro. Tal vez la luna se oculta detrás de una nube. De pronto, uno de sus rayos penetra por la mirilla, desapareciendo al instante. Sigo mirando. Se mueve algo. Otra vez el rayo de luz. Ahora estoy mirando una enorme caverna, al fondo de la cual se estremece algo enorme y blanco.
Mi corazón se detiene. ¿Será el horror? Retrocedo y cojo la portilla para cerrar. De pronto, algo choca contra el cristal como un ariete, se parte en átomos y sus fragmentos Ilegan hasta el cofre. Chillo y me alejo de allí. La mirilla está completamente obstruida. La lámpara lo deja ver tímidamente. La lengua se retuerce una y otra vez. Es tan gruesa como un árbol, y está cubierta de una baba espesa. Al final tiene una zarpa como la de una langosta, pero mil veces mayor. Me acurruco en el rincón más lejano. Un golpe de sus mandíbulas rompería el cofre. Joky está escondido debajo de la litera. La Cosa gira hacia mí. Siento una gota de sudor, que resbala por mi cara… Sabe a sal. La terrible muerte se está acercando… ¡Crash! Ruedo hacia atrás. La Cosa ha aplastado la jarra de agua contra la que me apoyo, y pierdo el equilibrio, mientras el suelo se inunda de agua. La zarpa se eleva, luego baja. con un movimiento inseguro pero muy veloz, y golpea fuertemente el suelo, a un palmo de mi cabeza. Joky jadea horrorizado. Lentamente, la Cosa se eleva y empieza a rodear la litera. Se hunde en ella y extrae un almohadon. que muerde y vuelve a soltar. Avanza por el suelo. Juega con la mitad del almohadón, lo recoge, lo echa por la mirilla… y desaparece.
La garita se llena de un aire pútrido. Hay un sonido de arrastre, y algo vuelve a penetrar par la mirilla. Algo blanco, con colmillos. Se curva más cada vez, raspa la litera, el techo y el suelo, con el ruido de una sierra. Pasa dos veces por encima de mi cabeza y cierro los ojos. Desaparece. Ahora suena al otro lado de la garita, cerca de Joky. De repente, el ruido rasposo queda ahogado, como si los colmillos pasaran por encima de una sustancia blanca. Joky chilla, y el sonido rasposo cesa totalmente. Abro los ojos. La punta de la inmensa lengua se halla enroscada y algo gotea de ella… Luego, se retira velozmente, dejando que los rayos de la luna entren por la mirilla. Me pongo de pie. Miro a mi alrededor. Observo de manera mecánica los destrozos producidos en la garita… Los cofres rotos, las literas destruidas… y algo más.
—¡Joky! — grito, arrodillandome.
La Cosa vuelve a estar junto a la mirilla. Busco una herramienta. He de vengar a Joky. Ah, junta a la lámpara se halla el cajón del carpintero Veo un hacha. Salto adelante y me apodero de ella. Es pequeña… pero contundente. Compruebo el filo. Ya estoy junto a la mirilla. Me situó a un lado y levanto el arma. La enorme lengua vuelve a abrirse paso, en busca de los restos de Joky. Llega hasta ellos. Entonces, gritando —¡Joky. Joky!—, golpeo salvajemente una vez y otra, jadeando ruidosamente. Una vez más, y la monstruosa masa cae al suelo, retorciéndose como una culebra. A través de la mirilla entra una inundación cálida. Hay el sonido de acero roto y un espantoso mugido. En mis oídos suena una canción. que va aumentando de volumen, más y más… Después, todo se vuelve oscuro.
Extracto del diario de a bordo del barco Hispaniola.
Visto un barco a cuatro puntos de proa, mostrando señales de abandono. Vamos hacia él y enviamos un bate. Se trata del Glen Doon, en ruta de Melbourne a Londres. Todo se halla en un estado terrible. Las cubiertas están llenas de sangre y de algo viscoso. El puente destruido. Una puerta rota, y en una garita un joven de diecinueve años, aproximadamente. en estado de inanición, y los restos de otro de unos catorce. Hay allí gran cantidad de sangre, y una masa de carne blancuzca. enroscada, que pesará media tonelada, uno de cuyos extremos parece haber sido cortado con un instrumento afilado. El puente de mando está destrozado, y su puerta cuelga de un solo gozne. La puerta, además, está abollada, como si hubiesen intentado forzarla. Entramos. Es terrible. Todo está manchado de sangre, con literas, sillas y otros muebles rotos, aunque no hay hombres ni restos humanos.

24 junio

Pasamos nuevamente a la garita; el joven da muestras de recuperación. Cuando vuelve en sí. dice llamarse Thompson y que han sido atacados por una inmensa serpiente, aunque debe tratarse de una serpiente de mar. Está demasiado débil para hablar; pero logra decir que unos hombres están en el palo mayor. Enviamos allí a un marinero, el cual nos informa de que todos están muertos.
Nos dirigimos al camarote de popa. Allí encontramos el mamparo destrozado y la puerta del camarote arrancada de cuajo. Hallamos el cuerpo del capitán, pero ningún otro oficial. Observamos un pequeño cañón con señales de haber sido recientemente disparado. Regresamos a nuestro barco.
Tras enviar allí al segundo contramaestre y a seis marineros, tenemos a Thompson con nosotros. Ha escrito su versión del espantoso caso, y ciertamente, después de ver el estado del barco, refrendamos completamente su historia.
Firmado:
William Norton (capitán).
Tom Briggs (1er. contramaestre).
FIN

'Vincent' de Tim Burton

Posted by Jaume On jueves, julio 08, 2010 1 comentarios


*Gracias a Carolina Torrecilla por su aportación.

La primera vez que vi la casa, fue desde la cima de un monte, luego de quitar algunas malezas y mirar a través del ancho valle a varios centenares de pies debajo mío, hacia el sol, que estaba hundiéndose tras las lejanas colinas azules. Desde ese punto de vista momentáneo, tenía un exagerado sentido de observación. Me parecía estar colgando sobre una maqueta de carreteras y campos, salpicado de granjas y sentía la decepción familiar de que casi podía arrojar una piedra sobre la casa.
Lo que atrajo mi vista fue el pequeño camino en frente de la misma, entre la masa de verdes árboles y el huerto de la casa. Era perfectamente derecho, y estaba bordeado por una constante hilera de árboles, a través de la cual distinguí un sendero color ceniza y un bajo muro de piedra.
Notoriamente, entre el huerto y dos de los árboles, había un objeto blanco, que parecía ser una piedra alta, un espigón vertical de caliza, de los varios que los campos de la región están regados.
Vi con mucha claridad este camino y me dio una placentera expectación. Había estado viajando fatigosamente por el bosque de aquellas colinas semi—montañosas. No había visto ni una granja, solamente chozas destartaladas a lo largo de la carretera, a través de más de veinte millas de obstáculos e impedimentos. Ahora, cuando no me restaba mucho trecho para llegar a mi destino, veía a corta distancia un buen lugar donde reposar.
A medida que aceleraba cautelosamente mi vehículo, a través del comienzo del largo descenso, los árboles me engulleron de nuevo, perdiendo de vista el valle. Me sumergí en una hondonada, y cuando subí de nuevo, en la cresta de la siguiente elevación, volví a ver la casa, más cerca que antes.
La piedra elevada atrajo mi atención con cierta sorpresa. ¿No había visto que estaba frente a la casa, cerca del huerto? Evidentemente estaba a la izquierda del camino que conducía a la casa. Mi autocuestionamiento duró hasta que crucé la cresta. Luego vi nuevamente truncada mi perspectiva; pero pronto me puse a mirar para adelante una vez, en la próxima chance de ver el mismo panorama.
Al final de la segunda colina solamente se veía de refilón parte del camino y no podía estar seguro, pero en un principio, la piedra elevada parecía estar a la derecha del camino.
Llegué a la cima de la tercera y última colina y volví a mirar para abajo, viendo el camino bajo los enormes árboles, casi como si estuviera viendo a través de un tubo. Había una línea de blancura que creí identificar como la piedra alta. Estaba sobre la derecha.
Me zambullí en la última de las hondonadas. Mientras remontaba la más lejana cuesta, mantuve mi vista en la cima del camino, delante mío. Cuando mi línea visual transpuso la elevación, pude ver la piedra elevada a mi derecha, entre los numerosos arces. Me detuve a un costado del camino, e inspeccioné mis neumáticos, luego tiré la palanca.
A medida que avanzaba, miraba para adelante. ¡Veía la piedra ahora a la izquierda del camino! Estaba realmente asombrado y hasta atemorizado, y me decidí a acercarme lo suficiente a la piedra para comprobar a ciencia cierta si estaba a la derecha o a la izquierda, o si no, en el medio del camino.
En mi atolondramiento, puse la velocidad máxima. La máquina dio un brinco y perdí el control. Di un giro a la izquierda, pero fue inútil y choqué contra un gran arce.
Cuando volví en mí, estaba caído de espaldas en una zanja. Los últimos rayos de sol enviaban fustes de luz verde—dorada a través de las ramas de los arces. Mi primer pensamiento fue de una rara mezcla de admiración a las bellezas de la naturaleza y de desaprobación por mi propia conducta, por ir de excursión sin acompañante (algo que he lamentado más de una vez). Luego se me aclaró la mente, y me senté. Me sentía mareado, y no estaba sangrando ni tenía huesos rotos; aunque estaba muy sacudido, no había sufrido magulladuras serias.
Entonces vi al muchacho. Estaba parado al final del camino color ceniza, cerca del zanjón. Era robusto y macizo; estaba descalzo y tenía los pantalones arremangados a la altura de las rodillas; vestía una camisa color nogal, abierta en el pecho, y no tenía ni capa ni sombrero. Su rostro rezumaba pecas y tenía un horroroso labio leporino.
Intenté levantarme y procedí a examinar el destrozo. No había habido explosión ni fuego, pero mi máquina estaba convertida en ruinas. Todo lo que vi estaba hecho pedazos. Mis dos cestas de pertrechos habían, por aquellas cínicas burlas del destino, escapado al destrozo, y estaban incólumes, ni siquiera una botella se había roto.
Durante mi investigación, la vista desvaída del muchacho me siguió contínuamente, pero él no pronunció palabra. Cuando me hube convencido de mi impotencia para reparar el daño, fui derecho hacia él y le dirigí la palabra:
—¿Cuán lejos está la herrería más cercana?—
—Ocho millas,— respondió. Tenía un alarmante caso de paladar partido, y sus palabras eran apenas inteligibles.
—¿Me puedes guiar hacia allí?— inquirí.
—No hay equipo en la casa,— replicó; —ni caballo, ni vacas.—
—¿Qué tan lejos está la siguiente casa?— continué.
—Seis millas,— respondió.
Miré al cielo. El sol ya se había puesto. Y me volví a mirar mi reloj: iban a dar las siete treinta y cinco.
—¿Puedo dormir en tu casa esta noche?— pregunté.
—Puede venir si usted quiere,— dijo, —y puede quedarse a dormir. Casa está descuidada; Ma murió hace tres años, y Pa se fue. No hay nada para comer, salvo harina de trigo y tocino mohoso.—
—Tengo suficiente comida,— respondí, levantando una cesta. —Solo toma esta cesta, ¿lo harás?—
—Usted puede venir, si así lo desea,— dijo, —pero debe acarrear sus propias cosas.— No habló con grosería o rudeza, pero parecía afirmar con docilidad un hecho inofensivo.
—Correcto,— dije, levantando la otra cesta, —muéstrame el camino.—
El patio frente a la casa estaba oscuro, bajo una docena o más inmensos ailanthus, bajo los cuales habían crecido gran cantidad de arbustos y pequeños árboles, y por debajo, a su vez, largas y enmarañadas hierbas. Lo que alguna vez fue, aparentemente, un camino, ahora era una estrecha y curvada senda en dirección a la casa. Por todos lados había brotes de ailanthus, y el aire estaba viciado con el desagradable olor de sus raíces y de las hierbas.
La casa era de piedra gris, con persianas color verde, pero tan desgastadas que parecían grises como la piedra. Contra el frente había un porche, no muy elevado por encima del suelo, y sin balaustrada o pasamanos. Había varias mecedoras de tablas de nogal americano. Había ocho ventanas cerradas, y en medio entre las ventanas y el porche, una gran puerta, con pequeños paneles color violeta a cada uno de sus lados y montante en forma de abanico por encima.
—Abre la puerta,— dije al muchacho.
—Ábrala usted mismo,— replicó, no de manera desagradable ni enfadosa, sino con un tono que uno no podría sino tomarlo como una sugerencia de lo más natural.
Bajé mis canastas e intenté con la puerta. Estaba cerrada pero no con llave, y abrió con un penoso trabajo de sus herrumbrosas bisagras, sobre las cuales se combeó locamente, raspando el piso a medida que se movía. El pasillo tenía un olor a moho y humedad. Había varias puertas a ambos lados; el chico me apuntó hacia la primera de la derecha.
—Usted puede ocupar ese cuarto,— dijo.
Abrí la puerta. Se podía distinguir poco, entre el polvillo, las ramas de los árboles fuera, el techo de pizarra y las puertas cerradas.
—Mejor trae una lámpara,— dije al chico.
—No hay lámpara,— declaró festivamente. —No hay velas. Usualmente estamos en cama cuando oscurece.—
Volví a los restos de mi vehículo. Mi cuatro lámparas estaban reducidas a cristales quebrados y metal abollado. Mi linterna estaba hecha puré. Sin embargo, llevaba algunas bujías en un maletín. Estaban un poco machacadas, pero aún se mantenían en una pieza. Regresé con el maletín y en el porche lo abrí y extraje tres velas.
Entré a la habitación, donde encontré al muchacho parado justo donde lo dejé, y encendí una vela. Las paredes estaban blanqueadas, el piso pelado. Había un frío y enmohecido aroma, pero la cama parecía estar recién hecha, a pesar que se sentía todo húmedo.
Con un par de gotas de su propio sebo, pegué la vela en la esquina de un desvencijado escritorio. No había nada en la habitación, salvo dos sillas desfondadas y una pequeña mesa. Volví a salir al porche a buscar mi maletín, y lo puse en la cama. Quité el pestillo de cada ventana y abrí los postigos. Entonces pregunté al muchacho, quien no se había movido ni hablado, cuál era el camino hacia la cocina. Me guió a través del vestíbulo, hacia la parte trasera de la casa. La cocina era grande, y no tenía más moblaje que algunas sillas de pino, una banqueta de pino y una mesa también de la misma madera.
Fijé dos velas en lados opuestos de la mesa. No había horno ni calentador en esa cocina, solo una gran chimenea, y unas cenizas que olían y semejaban tener más de un mes. La madera en la leñera estaba reseca, y tenía un aroma rancio. Un par de herramientas, hachas, estaban oxidadas y desafiladas, pero aún utilizables. Rápidamente hice un gran fuego. Para mi sorpresa, ya que era una noche de mediados de junio y que el tiempo que estaba seco y cálido, el muchacho, con sonrisa tosca en su poco agraciado rostro, se reclinó sobre el fuego, extendiendo las manos y los brazos, hasta casi el punto de tostarse a sí mismo.
—¿Tienes frío?— inquirí.
—Siempre tengo frío,— replicó, acercándose ya peligrosamente al fuego, hasta un punto que pensé que iba a quemarse.
Lo dejé tostándose a sí mismo mientras fui en busca de agua. Descubrí una bomba, y tuve un gran trabajo para llenar dos baldes. Cuando puse el agua a hervir, fui por mis cestas al porche.
Di una cepillada a la mesa y serví la vianda, pavo frío, jamón frío, pan negro y pan blanco, aceitunas, conserva y pastel. Cuando la lata de sopa estuvo caliente y hube servido el café, invité al chico a sentarse conmigo.
—No tengo hambre,— dijo; —ya cené.—
Este chico era una nueva clase de muchacho; todos los chicos que conocía eran voraces devoradores y siempre estaban listos para una nueva ingesta. Yo mismo había sentido hambre, pero de algún modo cuando comencé a comer ya tenía poco apetito, y difícilmente paladeaba la comida. Pronto terminé con mi vianda, apagué el fuego y soplé las velas, y regresé al porche, para sentarme en una de las mecedoras y ponerme a fumar. El muchacho me siguió en silencio, y se sentó en el piso mismo del porche, apoyándose en una columna y dejando uno de sus pies fuera, en la hierba.
—¿Qué haces cuando tu padre está fuera?— pregunté.
—Solo holgazanear,— dijo. —Solo perder el tiempo.—
—¿Qué tan lejos están de sus vecinos más cercanos?— pregunté.
—No hay vecinos cercanos que vengan aquí,— indicó. —Dicen que temen a los fantasmas.—
Yo no estaba asustado; el lugar tenía el aspecto que usualmente se le atribuye a las casas denominadas encantadas. Estaba impresionado por su extraña manera de hablar del asunto, que era como si dijera que ellos tenían miedo de un perro enojado.
—¿Has visto algún fantasma por aquí?— continué.
—Nunca los vi,— respondió, como si hubiera mencionado vagabundos o perdices. —Nunca los escuché. Algunas veces los siento.—
—¿Tienes miedo a ellos?— pregunté.
—Nope,— confesó. —No creo en fantasmas; creo en las pesadillas. ¿Alguna vez tuvo pesadillas?—
—Raras veces,— repliqué.
—Yo sí,— dijo. —Siempre tengo la misma. Un gran marrano, grande como un buey, que trata de comerme. Despierto tan asustado que podría seguir corriendo. No hay escapatoria. Voy a dormir, y ahí está de nuevo. Despierto más asustado que nunca. Pa decía que eran las tortas de trigo en verano.—
—Tu habrás hecho alguna broma, alguna vez,— dije.
—Sip,— dijo. —Una vez a una gran cerda, tomé uno de sus cerditos por la pata trasera. Lo tuve por mucho tiempo. Lo dejé caer en el chiquero. Desearía no haberlo hecho. Tengo esa pesadilla tres veces a la semana. Lo peor es ser quemado. Vaya, siento los fantasmas ahora a nuestro alrededor.
Él no trataba de asustarme. Estaba simplemente opinando tal y como si hablara de murciélagos o mosquitos. No le contesté, y me quedé involuntariamente escuchándolo. Mi pipa se apagó. No quería fumar otra, pero no me sentía con cansancio como para irme a la cama aún, ya que estaba cómodo donde estaba, aunque el aroma del ailanthus era sumamente desagradable. Volví a llenar mi pipa, la encendí y luego, mientras daba una bocanada, me quedé adormilado por un momento.
Desperté con una sensación de que un suave tejido me surcó el rostro. El chico seguía inmóvil.
—¿Viste eso?— pregunté rápidamente.
—No vi nada,— dijo. —¿Qué fue?—
—Fue como si una red para atrapar mosquitos me hubiera rozado la cara.—
—No hay tal red,— aseguró; —fue un velo. Ese es uno de los fantasmas. Alguno voló sobre usted; alguno lo tocó con sus largos y fríos dedos. Es uno que arrastró un velo por sobre su rostro, bien, supongo que debe ser Ma.—
Hablaba con la inatacable convicción del niño en —We Are Seven—. No encontré palabras para replicar, y me levanté para ir a la cama.
—Buenas noches,— dije.
—Buenas noches,— hizo eco de mis palabras. —
Encendí un fósforo, encontré la vela y la fijé a la esquina de la ajada mesa, y me desvestí. La cama tenía un confortable colchón de plumas y al rato estaba dormido.
Tenía la sensación de haber estado dormido por un largo rato, cuando comencé a tener una pesadilla, la misma pesadilla que describiera antes el muchacho. Un enorme cerdo, grande como un caballo de carreta, que estaba asomado con sus patas delanteras sobre la cama, tratando de hincarse sobre mí. El animal grunó y resopló, y sentí que yo iba a ser su alimento. Sabía que era solo un sueño, y me esforcé en despertar.
Entonces, la gigantesca bestia se movió torpemente, sobre los pies de la cama, y me desperté.
Estaba en absoluta oscuridad, tan negra como si estuviera encerrado en un baúl. Mi estremecimiento instantáneamente mermó y mis nervios se calmaron; comprendí en donde estaba, y no sentí el menor pánico. Me di vuelta e intenté volver a dormir. Entonces tuve una real pesadilla, no reconocible como sueño, sobrecogedoramente real, una inenarrable agonía de horror sin razón.
Había una Cosa en la habitación; no era un cerdo, ni ninguna otra criatura identificable, sino una Cosa. Era grande como un elefante, y ocupaba la estancia hasta el techo; tenía forma como de jabalí, sentado sobre sus ancas, con sus cuartos delanteros rígidos. Tenía un hocico babeante y rojo, repleto de grandes colmillos, y su mandíbula se movía como si tuviera mucho hambre. Comenzó a encorvarse, lentamente, pulgada por pulgada, hasta que sus vastas patas se montaron en la cama.
La cama se comprimió como papel secante húmedo, y sentí el peso de la Cosa sobre mis pies, sobre mis piernas, sobre mi cuerpo y sobre mi pecho. Estaba hambriento, y yo era su platillo, y sus fauces chorreantes se acercaban cada vez más a mi cara.
Entonces la indefensión del sueño que me había dejado incapaz de moverme, súbitamente cedió, y grité y me desperté. Esta vez había sentido verdadero terror y no pude despojarme del mismo fácilmente.
Era cerca del amanecer: podía discernir levemente a través de los sucios ventanales. Encendí el muñón de la vela y las otras dos, me vestí precipitadamente, hice mi maletín, y lo puse en el porche, contra la pared. Entonces llamé al chico. Súbitamente me di cuenta que no me había dicho su nombre ni yo se lo había preguntado.
Grité —¡Hola!— un par de veces, pero no hubo respuesta. Ya no aguantaba más esa casa. Aún estaba empapado del pánico de la pesadilla. Desistí de seguir gritando, no lo busqué, pero con las dos velas, fui a la cocina. Tomé un trago de café frío y comí un biscuit mientras me apresuré a meter mis pertenencias en las cestas. Entonces, dejando un dólar de plata en la mesa, salí con las canastas y las dejé en el porche, junto a mi maletín.
Ya había un poco más de luz, la necesaria como para ver el camino. El rocío de la noche había provocado que el paisaje se viera más descorazonador que antes. Sin embargo, todo estaba sereno. No había huellas de ruedas o de herraduras en el camino. La piedra elevada, que ciertamente había causado mi desastre, se erguía como un centinela, frente a donde me encontraba.
Me propuse hallar un taller de herrero. Antes que iniciara mi marcha, el sol había ya salido y estaba calentando, no muy alto en el horizonte. Luego de caminar bastante, me acaloré en demasía, y me pareció haber caminado diez millas más que seis cuando llegué a la primer casa. Era una casa pulcramente pintada y cercana a una carretera, con una cerca blanca a lo largo de su jardín.
Estaba casi por abrir la puerta cuando un gran perro negro, con una cola ondulada, brincó desde los arbustos. No se puso a ladrar, sino que se sentó tras la puerta, moviendo su cola y observándome con ojos amistosos; yo dudé, tenía mi mano en el picaporte, y lo consideré. El perro podía no ser tan amigable como parecía, y su visión me hizo caer en cuenta que a excepción del muchacho, no había visto otra criatura viviente en la casa en donde había pasado la noche; no había perro ni gato; ni siquiera sapos o aves. Mientras estaba cavilando sobre esta impresión, un hombre salió del interior de la casa.
—¿Muerde su perro?— pregunté.
—No,— respondió; —no muerde, pase usted.—
Le conté que había tenido un accidente con mi automóvil, y le pregunté si podría conducirme a algún taller de herrería, y luego, de nuevo al lugar de mi siniestro.
—Cierto,— respondió. —Feliz de ayudarle. ¿Dónde chocó?—
—En frente de la casa gris, seis millas atrás,— respondí.
—¿Esa gran casa de piedra?— interrogó.
—La misma,— asentí.
—¿Usted vino por aquí antes?— preguntó asombrado. —No lo oí.—
—No,— dije; —vine desde la otra dirección.—
—¿Porque,— meditó, —usted tuvo que chocar antes del amanecer. Vino usted a través de las montañas durante la noche?—
—No,— repliqué; —choqué antes de que caiga la noche.—
—¡Anochecer!— exclamó. —¿Dónde diablos pasó usted la noche, entonces?—
—Dormí en la casa, frente a la cual choqué.—
—¿En esa gran casa de piedra, entre los árboles?— preguntó como demandando.
—Sí,— asentí.
—¿Por qué?— trinó excitado, —¡Esa casa está encantada! Dicen que si uno pasa por ahí después del anochecer, no se puede decir a que lado del camino se alza la gran piedra blanca.—
—No lo pude comprobar hasta después del anochecer,— dije.
—¡Vaya!— exclamó. —¡Mire usted! ¡Y usted durmió en la casa! ¿En verdad usted durmió allí?
—Dormí muy bien,— dije. —Excepto por una pesadilla, dormí toda la noche.—
—Bueno,— comentó, —no pasaría la noche en esa esa casa, ni siquiera por mi salvación. ¡Y usted se quedó ahí anoche! ¿Cómo diablos se le ocurrió entrar?—
—El muchacho me llevó,— dije.
—¿Qué clase de muchacho?— preguntó, sus ojos fijos en mi con una rara y rústica expresión de absorto interés.
—Robusto, pecoso, tenía labio leporino,— dije.
—¿Y hablaba como si su boca estuviera llena de puré?— inquirió.
—Sí,— respondí; —un mal caso de paladar partido.—
—¡Bueno!— exclamó. —Nunca creí en fantasmas, y nunca creí que esa casa estuviera encantada, pero ahora lo se. ¡Y usted durmió ahí!—
—No vi ningún fantasma,— repliqué ya un poco irritado.
—Usted vio un fantasma, seguro,— contestó solemnemente. —Ese muchacho del labio leporino, ha muerto hace seis meses.—
FIN

The Ultimate Lovecraft Tribute

Posted by Jaume On martes, junio 29, 2010 0 comentarios


La Danza del Fuego - Noche mágica de San Juan 2010

Posted by Jaume On miércoles, junio 23, 2010 0 comentarios


Música de Manuel de Falla
'EL AMOR BRUJO'

El Hombre Lobo – Eugene Field (1911)

Posted by Jaume On viernes, junio 18, 2010 0 comentarios

En el reino de Egberto de Sajonia vivía en Bretaña una doncella llamada Isolda, quien era amada por todos, tanto por su bondad como por su belleza. Sin embargo, aunque muchos jóvenes se acercaban a cortejarla, ella amaba únicamente a Haroldo, y a él le había jurado fidelidad.
Entre los jóvenes por quienes Isolda era pretendida había uno, Alfredo, que se había ofendido por que ella demostraba preferencia por Haroldo, por lo que un día Alfredo dijo a Haroldo: “¿Es verdad que el viejo Sigfrido saldrá de su tumba y tomará a Isolda por esposa?” Luego añadió, “Por Dios, buen señor, por qué te has puesto tan pálido cuando he mencionado el nombre de tu abuelo?—
Entonces Haroldo preguntó, —¿Qué sabes tú de Sigfrido que te mofas de mí? ¿Qué recuerdo de él debería angustiarme ahora?— —Sabemos y sabemos,— replicó Alfredo. —Existen algunas historias que nos han contado nuestras abuelas que no hemos olvidado.—
Mucho después las palabras y la cruel sonrisa de Alfredo obsesionaron a Haroldo día y noche.
El abuelo de Haroldo, Sigfrido el Teutón, había sido un hombre de cruel violencia. La leyenda decía que un hechizo pesaba sobre él, y que en ciertos momentos era poseído por un espíritu maligno que descargaba su furia sobre la humanidad. Pero Sigfrido había muerto hacía ya muchos años, y nada tenía el mundo de qué preocuparse más que guardar la leyenda y una lanza diestramente forjada que había dejado Brunilda, la bruja. Esta lanza era un arma tal que nunca había perdido su brillo, ni su punta había sido desafilada. Colgaba en la alcoba de Haroldo, y era la maravilla entre las armas de aquel tiempo.
Isolda sabía que Alfredo la amaba, pero no sabía de las amargas palabras que Alfredo había dicho a Haroldo. Su amor por Haroldo era perfecto en su confianza y bondad. Pero Alfredo había golpeado la verdad: el hechizo del viejo Sigfrido pesaba sobre Haroldo — adormecido durante un siglo, había despertado en la sangre del nieto, y Haroldo conocía el hechizo que pesaba sobre él, y era esto lo que parecía interponerse entre él e Isolda. Pero el amor es más fuerte que todo lo demás, y Haroldo amaba.
Haroldo no le dijo a Isolda del hechizo que pendía sobre él, porque temía que ella ya no lo amara si lo sabía. Cuando fuera que sentía el fuego del hechizo ardiendo en sus venas le decía, “Mañana iré a la caza del jabalí en lo más profundo del bosque—, o, —La semana próxima iré a acechar ciervos en las lejanas colinas del norte.” Tal es así que siempre tenía una buena excusa para su ausencia, e Isolda no pensaba cosas malignas, porque era confiada; y aunque se fue muchas veces y se alejaba por largo tiempo, Isolda no sospechaba nada malo. Por lo que nadie miraba a Haroldo cuando el hechizo caía sobre él en su violencia.
Únicamente Alfredo reflexionaba consigo mismo sobre cosas malignas. —Algo extraño sucede—, decía, —que de cuando en cuando este gallardo amante nos deja sin su compañía y se dirige adonde nadie lo conoce. En realidad será mejor no sacarle la vista de encima al nieto de Sigfrido.—
Haroldo sabía que Alfredo lo observaba celosamente y estaba atormentado por un temor constante de que Alfredo descubriera el hechizo que pesaba sobre él; pero lo que le causaba más angustia era el temor de que quizás en algún momento estando él en la presencia de Isolda, el hechizo se apoderara de él y le causara provocar gran daño sobre ella, por lo que quedaría destrozada o su amor por él se habría terminado para siempre. Por lo que Haroldo vivía en el terror, sintiendo que su amor no tenía esperanza, aún no sabiendo cómo combatirlo.
Ahora bien, sucedió en aquellos tiempos que el país entero estaba siendo azotado por un hombre lobo, una criatura que era temida por todos los hombres sin importar qué tan valerosos fueran. Este hombre lobo era de día un hombre, pero por la noche un lobo dado a la destrucción y a la matanza, y tenía una existencia mágica contra la cual ningún ente humano podía disponer en absoluto. Donde fuera que iba, atacaba y devoraba personas, esparciendo terror y desolación por todos lados, y los adivinos decían que la tierra no sería liberada del hombre lobo hasta que algún hombre se ofreciera a sí mismo en sacrificio voluntario a la ira del monstruo.
Ahora bien, aunque Haroldo era conocido a lo ancho y largo como un extraordinario cazador, nunca había sido declarado para cazar al hombre lobo, y, extrañamente, el hombre lobo nunca atacaba los dominios mientras Haroldo estuviera en ellos. Lo cual extrañaba a Alfredo, quien a menudo decía: “Nuestro Haroldo es un cazador admirable. Quien mejor que él para acechar al tímido gamo e incapacitar al evasivo jabalí? Pero mientras tanto bien planea su ausencia de las apariciones del hombre lobo. Tal valor le sienta bien a nuestro joven Sigfrido.—
Llegado esto al conocimiento de Harold su corazón se inflamó de rabia, pero no emitió respuesta, por miedo a delatar la verdad que temía.
Sucedió por aquel tiempo que Isolda dijo a Haroldo, “¿Irás conmigo mañana a la fiesta en la gruta sagrada?—
—No puedo hacerlo,— respondió Haroldo. —Estoy convocado secretamente en una misión a Normandía de la cual en algún momento te diré. Y te ruego, por el amor que me tienes, que no vayas a la fiesta en la gruta sagrada sin mí.—
—¿Que dices?— exclamó Isolda. —¿Que no vaya a la fiesta de Santa Ælfreda? Mi padre estará muy disgustado si no estoy allí con las otras doncellas. Sería una gran pena que yo desprecie su amor de esa manera.—
—Pero no lo hagas, te lo suplico,— imploró Haroldo. —¡No vayas a la fiesta de Santa Ælfreda en la gruta sagrada! Y si de verdad me amas, no vayas — mira, por mi vida, ¡te lo pido de rodillas!—
—Qué pálido estás—, dijo Isolda, —y temblando—.
—No vayas a la gruta sagrada hasta la noche de mañana”, suplicó él.
Isolda estaba extrañada por sus actos y sus palabras. Luego, por primera vez, pensó que él estaba celoso — lo cual secretamente disfrutó (siendo mujer).
—Ah,— alegó ella, —dudas de mi amor,— pero cuando vio una mirada de dolor asomar a su rostro agregó — como si se arrepintiera de las palabras que había dicho — —¿o es que le temes al hombre lobo?—
Entonces Haroldo respondió, fijando sus ojos en los de ella, —Tú lo has dicho; es al hombre lobo lo que temo.—
—¿Por qué me miras de forma tan extraña, Haroldo?— gritó Isolda. —Por la cruel luz en tus ojos uno casi podría decir que fueras el hombre lobo!—
—Ven acá, siéntate a mi lado—, dijo Haroldo temblando —y te contaré por qué temo dejarte ir a la fiesta de Santa Ælfreda mañana a la noche. Escucha lo que soñé la noche pasada. Soñé que yo era el hombre lobo —no tiembles, mi amor, por que fue solo un sueño.
—Un anciano se paró al costado de mi cama como si me arrancara el alma de mi pecho.
—’¿Qué hacéis?’ grité.—
—’Tu alma es mía’, dijo él, ‘vivirás ahora bajo mi hechizo. Dame tu alma —movió sus manos— dame tu alma,’ dijo.—
—’Tu hechizo no estará sobre mí,’ grité yo. ‘¿Qué he hecho para que tu hechizo pese sobre mí? Tú no tendrás mi alma.’—
—’Por esa ofensa tú sufrirás, y por mi hechizo irás al infierno — así está decretado.’—
—Así habló el anciano, y continuó con sus pases en contra mía, y quitó el alma de mi cuerpo, y dijo, ‘Vé, busca y mata’ — y entonces, yo fui un lobo en el páramo.—
—La hierba seca crujía bajo mi pisada. La oscuridad de la noche era pesada y me oprimía. Horrores extraños torturaban mi alma, que gemía y gemía en aquel cuerpo lobezno. El viento me susurraba; con miles de voces y me hablaba y decía, ‘Vé, busca y mata.’ Y sobre esas voces sonaba la risa horrible de un anciano. Corrí por el páramo — sin saber muy bien el motivo.—
—Llegué a un río y me arrojé en él. Una sed ardiente me consumía, y sorbí las aguas del río, había llamaradas que centelleaban a mi alrededor, y el viento silbaba, y lo que decía era ‘Vé, busca y mata,’ y escuché la risa del anciano nuevamente.—
—Un bosque se extendía ante mí con sus sombras impenetrables, con sus cuervos, sus vampiros, sus serpientes, sus reptiles, y todas sus espantosas especies de la noche. Me lancé entre las espinas y entre las hojas, las ortigas, y las zarzas. Los búhos me ululaban y las espinas lastimaban mi carne. ‘Vé, busca y mata,’ decían todos. Los conejos huían a mi paso; las otras bestias corrían en dirección contraria a la mía; toda forma de vida chillaba en mis oídos, el hechizo estaba en mí,  yo era el hombre lobo.—
—Corría a la par del viento, y mi alma gemía en su prisión lobata, y el viento, las aguas y los árboles me susurraban, ‘Vé, busca y mata, tú bestia; vé, busca y mata.’—
—En ningún lugar había piedad para el lobo; ¿qué misericordia, entonces, podría yo, como lobo, tener? El hechizo estaba sobre mí y me llenaba con hambre y sed de sangre. Dentro de mí ser, grité, ‘Déjame tener sangre, oh, déjame tener sangre humana, que esta ira pueda ser aplacada, que este hechizo pueda ser retirado.—
—Por ultimo llegué a la gruta sagrada. La sombra oscurecían los álamos, los robles se henchían sobre mí. Ante mí se paró un anciano — era él, el mismo siniestro anciano, cuyo hechizo padecía. No me asustó. Todas las otras cosas vivientes huían ante mí, pero el anciano no me asustaba. Una doncella se paró a su lado. Ella no me veía, porque era ciega.—
—’Mata, mata,’ exclamó el anciano’, señalando a la niña a su lado.—
—El infierno rugió dentro de mí, el hechizo me impulsaba, — Salté a su garganta. Escuché al anciano reír una vez más, y entonces, entonces desperté, temblando, helado, horrorizado.—
Apenas Haroldo terminó de contar su sueño cuando Alfredo hizo su aparición.
—Ah, Señora,— dijo él, —Yo creo me nunca haber visto un rostro tan triste.—
Entonces Isolda le dijo como Haroldo le había rogado para no asistir a la fiesta de Santa Ælfreda en la gruta sagrada.
—Esos temores son infantiles—, exclamó Alfredo alardeando. —Y tú sufrida, dulce señora, yo seré tu compañía a la fiesta, y un grupo de mis subalternos con sus escudos y lanzas, nos escoltarán. No habrá hombres lobo con nosotros.—
Isolda rió feliz, y Haroldo dijo: —está bien; tú irás a la gruta sagrada, y quiera mi amor y la gracia de Dios resguardarte de todo mal.—
Luego Haroldo fue a su morada, y dio la vieja lanza de Sigfrido a Isolda, y se la entregó en sus manos, diciendo, —Lleva esta lanza contigo a la fiesta mañana a la noche. Es la vieja lanza de Sigfrido, que es símbolo de la fuerza y la virtud.—
Y Haroldo llevó la mano de Isolda a su corazón y la bendijo, y la besó en la frente y en los labios, diciendo, —adiós, oh, mi amada. Cómo me amarás cuando sepas de mi sacrificio. Adiós, adiós, por siempre, oh, amada mía.—
Luego Haroldo prosiguió su camino, e Isolda se quedó sorprendida.
En la noche del siguiente día fue Isolda a la gruta sagrada donde la fiesta se había iniciado, y llevó la vieja lanza de Sigfrido con ella en su cinturón. Alfredo la acompañaba, y varios soldados estaban tras él. En la gruta había gran algarabía, y con cánticos y danzas y juegos la gente celebraba la fiesta de Santa Ælfreda.
Pero de pronto se elevó un fuerte tumulto, con gritos de “¡El hombre lobo! ¡El hombre lobo!—. El terror paralizó a todos — los corazones de los fuertes se helaron de miedo. Saliendo de lo profundo del bosque rugió el hombre lobo, bramando, crujiendo sus colmillos y arrojando espuma amarilla de sus fauces. Corrió derecho a Isolda, como si un poder diabólico lo dirigiera hacia el lugar donde ella estaba parada. Pero Isolda no estaba atemorizada; se irguió como una estatua de mármol y vio venir al hombre lobo. Los lanceros, soltaron sus antorchas y cubriéndose tras sus escudos, huyeron; solo Alfredo se quedó ahí para dar batalla al monstruo.
Alzó su pesada lanza ante el lobo que se aproximaba, y la lanzó contra la erizada espalda del hombre lobo, pero el arma era insuficiente.
Luego el hombre lobo, fijando sus ojos sobre Isolda, se preparó por un momento en la sombra. Isolda , pensando en las palabras de Haroldo, sacó la vieja lanza de Sigfrido de su vaina, la levantó, y con la fuerza de la desesperación la lanzó a través del aire.
El hombre lobo vio el arma brillante, y un gritó surgió de su garganta — un grito de agonía humana. E Isolda vio en los ojos del hombre lobo los ojos de alguien que ella había visto y conocido, pero fue sólo por un instante, y luego los ojos ya no fueron humanos, sino los de una bestia feroz.
Una fuerza supernatural pareció impulsar la lanza en su vuelo. Con sobrenatural precisión el arma se enterró en la mitad de su pecho hirsuto de lobo, justo arriba del corazón, y luego, con un aullido monstruoso — como si se le fuera la vida — el hombre lobo cayó muerto entre las sombras.
Luego, ah, luego de verdad hubo gran júbilo, y grandes fueron las aclamaciones, mientras, hermosa en su temblorosa palidez, Isolda fue llevada hasta su casa, donde la gente se congregó para dar una gran festejo en su homenaje, porque el hombre lobo estaba muerto, y ella era quien le había dado muerte.
Pero Isolda exclamó: —Vayan, busquen a Haroldo — vayan, tráiganlo a mí. No coman, ni duerman hasta encontrarlo.—
—Mi Buena señora,— dijo Alfredo, —¿como podría ser eso, si él ha marchado a Normandía?—
—No me importa dónde esté,— exclamó ella. —Mi corazón está detenido hasta que pueda verme en sus ojos otra vez.—
—Seguramente no se ha ido a Normandía— dijo Huberto. —Este vecino lo vio entrar en su casa.—
Todos se apresuraron en ir, en vasta compañía, hacia allá. La puerta de su alcoba estaba cerrada.
—¡Haroldo, Haroldo, vamos!— exclamaron, mientras golpeaban la puerta, pero no hubo respuesta a sus llamados y golpes. Ya con miedo, tiraron la puerta abajo, y cuando esta cayó, vieron a Haroldo tendido en su cama.
—Duerme,— dijo uno. —Vean, sostiene un portarretratos en su mano — y es el portarretrato de Isolda. Qué bello está y qué tranquilamente duerme.—
Pero no, Haroldo no estaba dormido. Su rostro estaba calmo y hermoso, como si soñara con su amada, pero su vestimenta estaba roja con la sangre que manaba de una herida en su pecho — una herida horrenda, como de lanza, justo encima de su corazón.
FIN