La huella intacta

(Blog dedicado a la literatura de terror y misterio)

  • Donde leer es un placer perverso

La primera vez que vi la casa, fue desde la cima de un monte, luego de quitar algunas malezas y mirar a través del ancho valle a varios centenares de pies debajo mío, hacia el sol, que estaba hundiéndose tras las lejanas colinas azules. Desde ese punto de vista momentáneo, tenía un exagerado sentido de observación. Me parecía estar colgando sobre una maqueta de carreteras y campos, salpicado de granjas y sentía la decepción familiar de que casi podía arrojar una piedra sobre la casa.
Lo que atrajo mi vista fue el pequeño camino en frente de la misma, entre la masa de verdes árboles y el huerto de la casa. Era perfectamente derecho, y estaba bordeado por una constante hilera de árboles, a través de la cual distinguí un sendero color ceniza y un bajo muro de piedra.
Notoriamente, entre el huerto y dos de los árboles, había un objeto blanco, que parecía ser una piedra alta, un espigón vertical de caliza, de los varios que los campos de la región están regados.
Vi con mucha claridad este camino y me dio una placentera expectación. Había estado viajando fatigosamente por el bosque de aquellas colinas semi—montañosas. No había visto ni una granja, solamente chozas destartaladas a lo largo de la carretera, a través de más de veinte millas de obstáculos e impedimentos. Ahora, cuando no me restaba mucho trecho para llegar a mi destino, veía a corta distancia un buen lugar donde reposar.
A medida que aceleraba cautelosamente mi vehículo, a través del comienzo del largo descenso, los árboles me engulleron de nuevo, perdiendo de vista el valle. Me sumergí en una hondonada, y cuando subí de nuevo, en la cresta de la siguiente elevación, volví a ver la casa, más cerca que antes.
La piedra elevada atrajo mi atención con cierta sorpresa. ¿No había visto que estaba frente a la casa, cerca del huerto? Evidentemente estaba a la izquierda del camino que conducía a la casa. Mi autocuestionamiento duró hasta que crucé la cresta. Luego vi nuevamente truncada mi perspectiva; pero pronto me puse a mirar para adelante una vez, en la próxima chance de ver el mismo panorama.
Al final de la segunda colina solamente se veía de refilón parte del camino y no podía estar seguro, pero en un principio, la piedra elevada parecía estar a la derecha del camino.
Llegué a la cima de la tercera y última colina y volví a mirar para abajo, viendo el camino bajo los enormes árboles, casi como si estuviera viendo a través de un tubo. Había una línea de blancura que creí identificar como la piedra alta. Estaba sobre la derecha.
Me zambullí en la última de las hondonadas. Mientras remontaba la más lejana cuesta, mantuve mi vista en la cima del camino, delante mío. Cuando mi línea visual transpuso la elevación, pude ver la piedra elevada a mi derecha, entre los numerosos arces. Me detuve a un costado del camino, e inspeccioné mis neumáticos, luego tiré la palanca.
A medida que avanzaba, miraba para adelante. ¡Veía la piedra ahora a la izquierda del camino! Estaba realmente asombrado y hasta atemorizado, y me decidí a acercarme lo suficiente a la piedra para comprobar a ciencia cierta si estaba a la derecha o a la izquierda, o si no, en el medio del camino.
En mi atolondramiento, puse la velocidad máxima. La máquina dio un brinco y perdí el control. Di un giro a la izquierda, pero fue inútil y choqué contra un gran arce.
Cuando volví en mí, estaba caído de espaldas en una zanja. Los últimos rayos de sol enviaban fustes de luz verde—dorada a través de las ramas de los arces. Mi primer pensamiento fue de una rara mezcla de admiración a las bellezas de la naturaleza y de desaprobación por mi propia conducta, por ir de excursión sin acompañante (algo que he lamentado más de una vez). Luego se me aclaró la mente, y me senté. Me sentía mareado, y no estaba sangrando ni tenía huesos rotos; aunque estaba muy sacudido, no había sufrido magulladuras serias.
Entonces vi al muchacho. Estaba parado al final del camino color ceniza, cerca del zanjón. Era robusto y macizo; estaba descalzo y tenía los pantalones arremangados a la altura de las rodillas; vestía una camisa color nogal, abierta en el pecho, y no tenía ni capa ni sombrero. Su rostro rezumaba pecas y tenía un horroroso labio leporino.
Intenté levantarme y procedí a examinar el destrozo. No había habido explosión ni fuego, pero mi máquina estaba convertida en ruinas. Todo lo que vi estaba hecho pedazos. Mis dos cestas de pertrechos habían, por aquellas cínicas burlas del destino, escapado al destrozo, y estaban incólumes, ni siquiera una botella se había roto.
Durante mi investigación, la vista desvaída del muchacho me siguió contínuamente, pero él no pronunció palabra. Cuando me hube convencido de mi impotencia para reparar el daño, fui derecho hacia él y le dirigí la palabra:
—¿Cuán lejos está la herrería más cercana?—
—Ocho millas,— respondió. Tenía un alarmante caso de paladar partido, y sus palabras eran apenas inteligibles.
—¿Me puedes guiar hacia allí?— inquirí.
—No hay equipo en la casa,— replicó; —ni caballo, ni vacas.—
—¿Qué tan lejos está la siguiente casa?— continué.
—Seis millas,— respondió.
Miré al cielo. El sol ya se había puesto. Y me volví a mirar mi reloj: iban a dar las siete treinta y cinco.
—¿Puedo dormir en tu casa esta noche?— pregunté.
—Puede venir si usted quiere,— dijo, —y puede quedarse a dormir. Casa está descuidada; Ma murió hace tres años, y Pa se fue. No hay nada para comer, salvo harina de trigo y tocino mohoso.—
—Tengo suficiente comida,— respondí, levantando una cesta. —Solo toma esta cesta, ¿lo harás?—
—Usted puede venir, si así lo desea,— dijo, —pero debe acarrear sus propias cosas.— No habló con grosería o rudeza, pero parecía afirmar con docilidad un hecho inofensivo.
—Correcto,— dije, levantando la otra cesta, —muéstrame el camino.—
El patio frente a la casa estaba oscuro, bajo una docena o más inmensos ailanthus, bajo los cuales habían crecido gran cantidad de arbustos y pequeños árboles, y por debajo, a su vez, largas y enmarañadas hierbas. Lo que alguna vez fue, aparentemente, un camino, ahora era una estrecha y curvada senda en dirección a la casa. Por todos lados había brotes de ailanthus, y el aire estaba viciado con el desagradable olor de sus raíces y de las hierbas.
La casa era de piedra gris, con persianas color verde, pero tan desgastadas que parecían grises como la piedra. Contra el frente había un porche, no muy elevado por encima del suelo, y sin balaustrada o pasamanos. Había varias mecedoras de tablas de nogal americano. Había ocho ventanas cerradas, y en medio entre las ventanas y el porche, una gran puerta, con pequeños paneles color violeta a cada uno de sus lados y montante en forma de abanico por encima.
—Abre la puerta,— dije al muchacho.
—Ábrala usted mismo,— replicó, no de manera desagradable ni enfadosa, sino con un tono que uno no podría sino tomarlo como una sugerencia de lo más natural.
Bajé mis canastas e intenté con la puerta. Estaba cerrada pero no con llave, y abrió con un penoso trabajo de sus herrumbrosas bisagras, sobre las cuales se combeó locamente, raspando el piso a medida que se movía. El pasillo tenía un olor a moho y humedad. Había varias puertas a ambos lados; el chico me apuntó hacia la primera de la derecha.
—Usted puede ocupar ese cuarto,— dijo.
Abrí la puerta. Se podía distinguir poco, entre el polvillo, las ramas de los árboles fuera, el techo de pizarra y las puertas cerradas.
—Mejor trae una lámpara,— dije al chico.
—No hay lámpara,— declaró festivamente. —No hay velas. Usualmente estamos en cama cuando oscurece.—
Volví a los restos de mi vehículo. Mi cuatro lámparas estaban reducidas a cristales quebrados y metal abollado. Mi linterna estaba hecha puré. Sin embargo, llevaba algunas bujías en un maletín. Estaban un poco machacadas, pero aún se mantenían en una pieza. Regresé con el maletín y en el porche lo abrí y extraje tres velas.
Entré a la habitación, donde encontré al muchacho parado justo donde lo dejé, y encendí una vela. Las paredes estaban blanqueadas, el piso pelado. Había un frío y enmohecido aroma, pero la cama parecía estar recién hecha, a pesar que se sentía todo húmedo.
Con un par de gotas de su propio sebo, pegué la vela en la esquina de un desvencijado escritorio. No había nada en la habitación, salvo dos sillas desfondadas y una pequeña mesa. Volví a salir al porche a buscar mi maletín, y lo puse en la cama. Quité el pestillo de cada ventana y abrí los postigos. Entonces pregunté al muchacho, quien no se había movido ni hablado, cuál era el camino hacia la cocina. Me guió a través del vestíbulo, hacia la parte trasera de la casa. La cocina era grande, y no tenía más moblaje que algunas sillas de pino, una banqueta de pino y una mesa también de la misma madera.
Fijé dos velas en lados opuestos de la mesa. No había horno ni calentador en esa cocina, solo una gran chimenea, y unas cenizas que olían y semejaban tener más de un mes. La madera en la leñera estaba reseca, y tenía un aroma rancio. Un par de herramientas, hachas, estaban oxidadas y desafiladas, pero aún utilizables. Rápidamente hice un gran fuego. Para mi sorpresa, ya que era una noche de mediados de junio y que el tiempo que estaba seco y cálido, el muchacho, con sonrisa tosca en su poco agraciado rostro, se reclinó sobre el fuego, extendiendo las manos y los brazos, hasta casi el punto de tostarse a sí mismo.
—¿Tienes frío?— inquirí.
—Siempre tengo frío,— replicó, acercándose ya peligrosamente al fuego, hasta un punto que pensé que iba a quemarse.
Lo dejé tostándose a sí mismo mientras fui en busca de agua. Descubrí una bomba, y tuve un gran trabajo para llenar dos baldes. Cuando puse el agua a hervir, fui por mis cestas al porche.
Di una cepillada a la mesa y serví la vianda, pavo frío, jamón frío, pan negro y pan blanco, aceitunas, conserva y pastel. Cuando la lata de sopa estuvo caliente y hube servido el café, invité al chico a sentarse conmigo.
—No tengo hambre,— dijo; —ya cené.—
Este chico era una nueva clase de muchacho; todos los chicos que conocía eran voraces devoradores y siempre estaban listos para una nueva ingesta. Yo mismo había sentido hambre, pero de algún modo cuando comencé a comer ya tenía poco apetito, y difícilmente paladeaba la comida. Pronto terminé con mi vianda, apagué el fuego y soplé las velas, y regresé al porche, para sentarme en una de las mecedoras y ponerme a fumar. El muchacho me siguió en silencio, y se sentó en el piso mismo del porche, apoyándose en una columna y dejando uno de sus pies fuera, en la hierba.
—¿Qué haces cuando tu padre está fuera?— pregunté.
—Solo holgazanear,— dijo. —Solo perder el tiempo.—
—¿Qué tan lejos están de sus vecinos más cercanos?— pregunté.
—No hay vecinos cercanos que vengan aquí,— indicó. —Dicen que temen a los fantasmas.—
Yo no estaba asustado; el lugar tenía el aspecto que usualmente se le atribuye a las casas denominadas encantadas. Estaba impresionado por su extraña manera de hablar del asunto, que era como si dijera que ellos tenían miedo de un perro enojado.
—¿Has visto algún fantasma por aquí?— continué.
—Nunca los vi,— respondió, como si hubiera mencionado vagabundos o perdices. —Nunca los escuché. Algunas veces los siento.—
—¿Tienes miedo a ellos?— pregunté.
—Nope,— confesó. —No creo en fantasmas; creo en las pesadillas. ¿Alguna vez tuvo pesadillas?—
—Raras veces,— repliqué.
—Yo sí,— dijo. —Siempre tengo la misma. Un gran marrano, grande como un buey, que trata de comerme. Despierto tan asustado que podría seguir corriendo. No hay escapatoria. Voy a dormir, y ahí está de nuevo. Despierto más asustado que nunca. Pa decía que eran las tortas de trigo en verano.—
—Tu habrás hecho alguna broma, alguna vez,— dije.
—Sip,— dijo. —Una vez a una gran cerda, tomé uno de sus cerditos por la pata trasera. Lo tuve por mucho tiempo. Lo dejé caer en el chiquero. Desearía no haberlo hecho. Tengo esa pesadilla tres veces a la semana. Lo peor es ser quemado. Vaya, siento los fantasmas ahora a nuestro alrededor.
Él no trataba de asustarme. Estaba simplemente opinando tal y como si hablara de murciélagos o mosquitos. No le contesté, y me quedé involuntariamente escuchándolo. Mi pipa se apagó. No quería fumar otra, pero no me sentía con cansancio como para irme a la cama aún, ya que estaba cómodo donde estaba, aunque el aroma del ailanthus era sumamente desagradable. Volví a llenar mi pipa, la encendí y luego, mientras daba una bocanada, me quedé adormilado por un momento.
Desperté con una sensación de que un suave tejido me surcó el rostro. El chico seguía inmóvil.
—¿Viste eso?— pregunté rápidamente.
—No vi nada,— dijo. —¿Qué fue?—
—Fue como si una red para atrapar mosquitos me hubiera rozado la cara.—
—No hay tal red,— aseguró; —fue un velo. Ese es uno de los fantasmas. Alguno voló sobre usted; alguno lo tocó con sus largos y fríos dedos. Es uno que arrastró un velo por sobre su rostro, bien, supongo que debe ser Ma.—
Hablaba con la inatacable convicción del niño en —We Are Seven—. No encontré palabras para replicar, y me levanté para ir a la cama.
—Buenas noches,— dije.
—Buenas noches,— hizo eco de mis palabras. —
Encendí un fósforo, encontré la vela y la fijé a la esquina de la ajada mesa, y me desvestí. La cama tenía un confortable colchón de plumas y al rato estaba dormido.
Tenía la sensación de haber estado dormido por un largo rato, cuando comencé a tener una pesadilla, la misma pesadilla que describiera antes el muchacho. Un enorme cerdo, grande como un caballo de carreta, que estaba asomado con sus patas delanteras sobre la cama, tratando de hincarse sobre mí. El animal grunó y resopló, y sentí que yo iba a ser su alimento. Sabía que era solo un sueño, y me esforcé en despertar.
Entonces, la gigantesca bestia se movió torpemente, sobre los pies de la cama, y me desperté.
Estaba en absoluta oscuridad, tan negra como si estuviera encerrado en un baúl. Mi estremecimiento instantáneamente mermó y mis nervios se calmaron; comprendí en donde estaba, y no sentí el menor pánico. Me di vuelta e intenté volver a dormir. Entonces tuve una real pesadilla, no reconocible como sueño, sobrecogedoramente real, una inenarrable agonía de horror sin razón.
Había una Cosa en la habitación; no era un cerdo, ni ninguna otra criatura identificable, sino una Cosa. Era grande como un elefante, y ocupaba la estancia hasta el techo; tenía forma como de jabalí, sentado sobre sus ancas, con sus cuartos delanteros rígidos. Tenía un hocico babeante y rojo, repleto de grandes colmillos, y su mandíbula se movía como si tuviera mucho hambre. Comenzó a encorvarse, lentamente, pulgada por pulgada, hasta que sus vastas patas se montaron en la cama.
La cama se comprimió como papel secante húmedo, y sentí el peso de la Cosa sobre mis pies, sobre mis piernas, sobre mi cuerpo y sobre mi pecho. Estaba hambriento, y yo era su platillo, y sus fauces chorreantes se acercaban cada vez más a mi cara.
Entonces la indefensión del sueño que me había dejado incapaz de moverme, súbitamente cedió, y grité y me desperté. Esta vez había sentido verdadero terror y no pude despojarme del mismo fácilmente.
Era cerca del amanecer: podía discernir levemente a través de los sucios ventanales. Encendí el muñón de la vela y las otras dos, me vestí precipitadamente, hice mi maletín, y lo puse en el porche, contra la pared. Entonces llamé al chico. Súbitamente me di cuenta que no me había dicho su nombre ni yo se lo había preguntado.
Grité —¡Hola!— un par de veces, pero no hubo respuesta. Ya no aguantaba más esa casa. Aún estaba empapado del pánico de la pesadilla. Desistí de seguir gritando, no lo busqué, pero con las dos velas, fui a la cocina. Tomé un trago de café frío y comí un biscuit mientras me apresuré a meter mis pertenencias en las cestas. Entonces, dejando un dólar de plata en la mesa, salí con las canastas y las dejé en el porche, junto a mi maletín.
Ya había un poco más de luz, la necesaria como para ver el camino. El rocío de la noche había provocado que el paisaje se viera más descorazonador que antes. Sin embargo, todo estaba sereno. No había huellas de ruedas o de herraduras en el camino. La piedra elevada, que ciertamente había causado mi desastre, se erguía como un centinela, frente a donde me encontraba.
Me propuse hallar un taller de herrero. Antes que iniciara mi marcha, el sol había ya salido y estaba calentando, no muy alto en el horizonte. Luego de caminar bastante, me acaloré en demasía, y me pareció haber caminado diez millas más que seis cuando llegué a la primer casa. Era una casa pulcramente pintada y cercana a una carretera, con una cerca blanca a lo largo de su jardín.
Estaba casi por abrir la puerta cuando un gran perro negro, con una cola ondulada, brincó desde los arbustos. No se puso a ladrar, sino que se sentó tras la puerta, moviendo su cola y observándome con ojos amistosos; yo dudé, tenía mi mano en el picaporte, y lo consideré. El perro podía no ser tan amigable como parecía, y su visión me hizo caer en cuenta que a excepción del muchacho, no había visto otra criatura viviente en la casa en donde había pasado la noche; no había perro ni gato; ni siquiera sapos o aves. Mientras estaba cavilando sobre esta impresión, un hombre salió del interior de la casa.
—¿Muerde su perro?— pregunté.
—No,— respondió; —no muerde, pase usted.—
Le conté que había tenido un accidente con mi automóvil, y le pregunté si podría conducirme a algún taller de herrería, y luego, de nuevo al lugar de mi siniestro.
—Cierto,— respondió. —Feliz de ayudarle. ¿Dónde chocó?—
—En frente de la casa gris, seis millas atrás,— respondí.
—¿Esa gran casa de piedra?— interrogó.
—La misma,— asentí.
—¿Usted vino por aquí antes?— preguntó asombrado. —No lo oí.—
—No,— dije; —vine desde la otra dirección.—
—¿Porque,— meditó, —usted tuvo que chocar antes del amanecer. Vino usted a través de las montañas durante la noche?—
—No,— repliqué; —choqué antes de que caiga la noche.—
—¡Anochecer!— exclamó. —¿Dónde diablos pasó usted la noche, entonces?—
—Dormí en la casa, frente a la cual choqué.—
—¿En esa gran casa de piedra, entre los árboles?— preguntó como demandando.
—Sí,— asentí.
—¿Por qué?— trinó excitado, —¡Esa casa está encantada! Dicen que si uno pasa por ahí después del anochecer, no se puede decir a que lado del camino se alza la gran piedra blanca.—
—No lo pude comprobar hasta después del anochecer,— dije.
—¡Vaya!— exclamó. —¡Mire usted! ¡Y usted durmió en la casa! ¿En verdad usted durmió allí?
—Dormí muy bien,— dije. —Excepto por una pesadilla, dormí toda la noche.—
—Bueno,— comentó, —no pasaría la noche en esa esa casa, ni siquiera por mi salvación. ¡Y usted se quedó ahí anoche! ¿Cómo diablos se le ocurrió entrar?—
—El muchacho me llevó,— dije.
—¿Qué clase de muchacho?— preguntó, sus ojos fijos en mi con una rara y rústica expresión de absorto interés.
—Robusto, pecoso, tenía labio leporino,— dije.
—¿Y hablaba como si su boca estuviera llena de puré?— inquirió.
—Sí,— respondí; —un mal caso de paladar partido.—
—¡Bueno!— exclamó. —Nunca creí en fantasmas, y nunca creí que esa casa estuviera encantada, pero ahora lo se. ¡Y usted durmió ahí!—
—No vi ningún fantasma,— repliqué ya un poco irritado.
—Usted vio un fantasma, seguro,— contestó solemnemente. —Ese muchacho del labio leporino, ha muerto hace seis meses.—
FIN

The Ultimate Lovecraft Tribute

Posted by Jaume On martes, junio 29, 2010 0 comentarios


La Danza del Fuego - Noche mágica de San Juan 2010

Posted by Jaume On miércoles, junio 23, 2010 0 comentarios


Música de Manuel de Falla
'EL AMOR BRUJO'

El Hombre Lobo – Eugene Field (1911)

Posted by Jaume On viernes, junio 18, 2010 0 comentarios

En el reino de Egberto de Sajonia vivía en Bretaña una doncella llamada Isolda, quien era amada por todos, tanto por su bondad como por su belleza. Sin embargo, aunque muchos jóvenes se acercaban a cortejarla, ella amaba únicamente a Haroldo, y a él le había jurado fidelidad.
Entre los jóvenes por quienes Isolda era pretendida había uno, Alfredo, que se había ofendido por que ella demostraba preferencia por Haroldo, por lo que un día Alfredo dijo a Haroldo: “¿Es verdad que el viejo Sigfrido saldrá de su tumba y tomará a Isolda por esposa?” Luego añadió, “Por Dios, buen señor, por qué te has puesto tan pálido cuando he mencionado el nombre de tu abuelo?—
Entonces Haroldo preguntó, —¿Qué sabes tú de Sigfrido que te mofas de mí? ¿Qué recuerdo de él debería angustiarme ahora?— —Sabemos y sabemos,— replicó Alfredo. —Existen algunas historias que nos han contado nuestras abuelas que no hemos olvidado.—
Mucho después las palabras y la cruel sonrisa de Alfredo obsesionaron a Haroldo día y noche.
El abuelo de Haroldo, Sigfrido el Teutón, había sido un hombre de cruel violencia. La leyenda decía que un hechizo pesaba sobre él, y que en ciertos momentos era poseído por un espíritu maligno que descargaba su furia sobre la humanidad. Pero Sigfrido había muerto hacía ya muchos años, y nada tenía el mundo de qué preocuparse más que guardar la leyenda y una lanza diestramente forjada que había dejado Brunilda, la bruja. Esta lanza era un arma tal que nunca había perdido su brillo, ni su punta había sido desafilada. Colgaba en la alcoba de Haroldo, y era la maravilla entre las armas de aquel tiempo.
Isolda sabía que Alfredo la amaba, pero no sabía de las amargas palabras que Alfredo había dicho a Haroldo. Su amor por Haroldo era perfecto en su confianza y bondad. Pero Alfredo había golpeado la verdad: el hechizo del viejo Sigfrido pesaba sobre Haroldo — adormecido durante un siglo, había despertado en la sangre del nieto, y Haroldo conocía el hechizo que pesaba sobre él, y era esto lo que parecía interponerse entre él e Isolda. Pero el amor es más fuerte que todo lo demás, y Haroldo amaba.
Haroldo no le dijo a Isolda del hechizo que pendía sobre él, porque temía que ella ya no lo amara si lo sabía. Cuando fuera que sentía el fuego del hechizo ardiendo en sus venas le decía, “Mañana iré a la caza del jabalí en lo más profundo del bosque—, o, —La semana próxima iré a acechar ciervos en las lejanas colinas del norte.” Tal es así que siempre tenía una buena excusa para su ausencia, e Isolda no pensaba cosas malignas, porque era confiada; y aunque se fue muchas veces y se alejaba por largo tiempo, Isolda no sospechaba nada malo. Por lo que nadie miraba a Haroldo cuando el hechizo caía sobre él en su violencia.
Únicamente Alfredo reflexionaba consigo mismo sobre cosas malignas. —Algo extraño sucede—, decía, —que de cuando en cuando este gallardo amante nos deja sin su compañía y se dirige adonde nadie lo conoce. En realidad será mejor no sacarle la vista de encima al nieto de Sigfrido.—
Haroldo sabía que Alfredo lo observaba celosamente y estaba atormentado por un temor constante de que Alfredo descubriera el hechizo que pesaba sobre él; pero lo que le causaba más angustia era el temor de que quizás en algún momento estando él en la presencia de Isolda, el hechizo se apoderara de él y le causara provocar gran daño sobre ella, por lo que quedaría destrozada o su amor por él se habría terminado para siempre. Por lo que Haroldo vivía en el terror, sintiendo que su amor no tenía esperanza, aún no sabiendo cómo combatirlo.
Ahora bien, sucedió en aquellos tiempos que el país entero estaba siendo azotado por un hombre lobo, una criatura que era temida por todos los hombres sin importar qué tan valerosos fueran. Este hombre lobo era de día un hombre, pero por la noche un lobo dado a la destrucción y a la matanza, y tenía una existencia mágica contra la cual ningún ente humano podía disponer en absoluto. Donde fuera que iba, atacaba y devoraba personas, esparciendo terror y desolación por todos lados, y los adivinos decían que la tierra no sería liberada del hombre lobo hasta que algún hombre se ofreciera a sí mismo en sacrificio voluntario a la ira del monstruo.
Ahora bien, aunque Haroldo era conocido a lo ancho y largo como un extraordinario cazador, nunca había sido declarado para cazar al hombre lobo, y, extrañamente, el hombre lobo nunca atacaba los dominios mientras Haroldo estuviera en ellos. Lo cual extrañaba a Alfredo, quien a menudo decía: “Nuestro Haroldo es un cazador admirable. Quien mejor que él para acechar al tímido gamo e incapacitar al evasivo jabalí? Pero mientras tanto bien planea su ausencia de las apariciones del hombre lobo. Tal valor le sienta bien a nuestro joven Sigfrido.—
Llegado esto al conocimiento de Harold su corazón se inflamó de rabia, pero no emitió respuesta, por miedo a delatar la verdad que temía.
Sucedió por aquel tiempo que Isolda dijo a Haroldo, “¿Irás conmigo mañana a la fiesta en la gruta sagrada?—
—No puedo hacerlo,— respondió Haroldo. —Estoy convocado secretamente en una misión a Normandía de la cual en algún momento te diré. Y te ruego, por el amor que me tienes, que no vayas a la fiesta en la gruta sagrada sin mí.—
—¿Que dices?— exclamó Isolda. —¿Que no vaya a la fiesta de Santa Ælfreda? Mi padre estará muy disgustado si no estoy allí con las otras doncellas. Sería una gran pena que yo desprecie su amor de esa manera.—
—Pero no lo hagas, te lo suplico,— imploró Haroldo. —¡No vayas a la fiesta de Santa Ælfreda en la gruta sagrada! Y si de verdad me amas, no vayas — mira, por mi vida, ¡te lo pido de rodillas!—
—Qué pálido estás—, dijo Isolda, —y temblando—.
—No vayas a la gruta sagrada hasta la noche de mañana”, suplicó él.
Isolda estaba extrañada por sus actos y sus palabras. Luego, por primera vez, pensó que él estaba celoso — lo cual secretamente disfrutó (siendo mujer).
—Ah,— alegó ella, —dudas de mi amor,— pero cuando vio una mirada de dolor asomar a su rostro agregó — como si se arrepintiera de las palabras que había dicho — —¿o es que le temes al hombre lobo?—
Entonces Haroldo respondió, fijando sus ojos en los de ella, —Tú lo has dicho; es al hombre lobo lo que temo.—
—¿Por qué me miras de forma tan extraña, Haroldo?— gritó Isolda. —Por la cruel luz en tus ojos uno casi podría decir que fueras el hombre lobo!—
—Ven acá, siéntate a mi lado—, dijo Haroldo temblando —y te contaré por qué temo dejarte ir a la fiesta de Santa Ælfreda mañana a la noche. Escucha lo que soñé la noche pasada. Soñé que yo era el hombre lobo —no tiembles, mi amor, por que fue solo un sueño.
—Un anciano se paró al costado de mi cama como si me arrancara el alma de mi pecho.
—’¿Qué hacéis?’ grité.—
—’Tu alma es mía’, dijo él, ‘vivirás ahora bajo mi hechizo. Dame tu alma —movió sus manos— dame tu alma,’ dijo.—
—’Tu hechizo no estará sobre mí,’ grité yo. ‘¿Qué he hecho para que tu hechizo pese sobre mí? Tú no tendrás mi alma.’—
—’Por esa ofensa tú sufrirás, y por mi hechizo irás al infierno — así está decretado.’—
—Así habló el anciano, y continuó con sus pases en contra mía, y quitó el alma de mi cuerpo, y dijo, ‘Vé, busca y mata’ — y entonces, yo fui un lobo en el páramo.—
—La hierba seca crujía bajo mi pisada. La oscuridad de la noche era pesada y me oprimía. Horrores extraños torturaban mi alma, que gemía y gemía en aquel cuerpo lobezno. El viento me susurraba; con miles de voces y me hablaba y decía, ‘Vé, busca y mata.’ Y sobre esas voces sonaba la risa horrible de un anciano. Corrí por el páramo — sin saber muy bien el motivo.—
—Llegué a un río y me arrojé en él. Una sed ardiente me consumía, y sorbí las aguas del río, había llamaradas que centelleaban a mi alrededor, y el viento silbaba, y lo que decía era ‘Vé, busca y mata,’ y escuché la risa del anciano nuevamente.—
—Un bosque se extendía ante mí con sus sombras impenetrables, con sus cuervos, sus vampiros, sus serpientes, sus reptiles, y todas sus espantosas especies de la noche. Me lancé entre las espinas y entre las hojas, las ortigas, y las zarzas. Los búhos me ululaban y las espinas lastimaban mi carne. ‘Vé, busca y mata,’ decían todos. Los conejos huían a mi paso; las otras bestias corrían en dirección contraria a la mía; toda forma de vida chillaba en mis oídos, el hechizo estaba en mí,  yo era el hombre lobo.—
—Corría a la par del viento, y mi alma gemía en su prisión lobata, y el viento, las aguas y los árboles me susurraban, ‘Vé, busca y mata, tú bestia; vé, busca y mata.’—
—En ningún lugar había piedad para el lobo; ¿qué misericordia, entonces, podría yo, como lobo, tener? El hechizo estaba sobre mí y me llenaba con hambre y sed de sangre. Dentro de mí ser, grité, ‘Déjame tener sangre, oh, déjame tener sangre humana, que esta ira pueda ser aplacada, que este hechizo pueda ser retirado.—
—Por ultimo llegué a la gruta sagrada. La sombra oscurecían los álamos, los robles se henchían sobre mí. Ante mí se paró un anciano — era él, el mismo siniestro anciano, cuyo hechizo padecía. No me asustó. Todas las otras cosas vivientes huían ante mí, pero el anciano no me asustaba. Una doncella se paró a su lado. Ella no me veía, porque era ciega.—
—’Mata, mata,’ exclamó el anciano’, señalando a la niña a su lado.—
—El infierno rugió dentro de mí, el hechizo me impulsaba, — Salté a su garganta. Escuché al anciano reír una vez más, y entonces, entonces desperté, temblando, helado, horrorizado.—
Apenas Haroldo terminó de contar su sueño cuando Alfredo hizo su aparición.
—Ah, Señora,— dijo él, —Yo creo me nunca haber visto un rostro tan triste.—
Entonces Isolda le dijo como Haroldo le había rogado para no asistir a la fiesta de Santa Ælfreda en la gruta sagrada.
—Esos temores son infantiles—, exclamó Alfredo alardeando. —Y tú sufrida, dulce señora, yo seré tu compañía a la fiesta, y un grupo de mis subalternos con sus escudos y lanzas, nos escoltarán. No habrá hombres lobo con nosotros.—
Isolda rió feliz, y Haroldo dijo: —está bien; tú irás a la gruta sagrada, y quiera mi amor y la gracia de Dios resguardarte de todo mal.—
Luego Haroldo fue a su morada, y dio la vieja lanza de Sigfrido a Isolda, y se la entregó en sus manos, diciendo, —Lleva esta lanza contigo a la fiesta mañana a la noche. Es la vieja lanza de Sigfrido, que es símbolo de la fuerza y la virtud.—
Y Haroldo llevó la mano de Isolda a su corazón y la bendijo, y la besó en la frente y en los labios, diciendo, —adiós, oh, mi amada. Cómo me amarás cuando sepas de mi sacrificio. Adiós, adiós, por siempre, oh, amada mía.—
Luego Haroldo prosiguió su camino, e Isolda se quedó sorprendida.
En la noche del siguiente día fue Isolda a la gruta sagrada donde la fiesta se había iniciado, y llevó la vieja lanza de Sigfrido con ella en su cinturón. Alfredo la acompañaba, y varios soldados estaban tras él. En la gruta había gran algarabía, y con cánticos y danzas y juegos la gente celebraba la fiesta de Santa Ælfreda.
Pero de pronto se elevó un fuerte tumulto, con gritos de “¡El hombre lobo! ¡El hombre lobo!—. El terror paralizó a todos — los corazones de los fuertes se helaron de miedo. Saliendo de lo profundo del bosque rugió el hombre lobo, bramando, crujiendo sus colmillos y arrojando espuma amarilla de sus fauces. Corrió derecho a Isolda, como si un poder diabólico lo dirigiera hacia el lugar donde ella estaba parada. Pero Isolda no estaba atemorizada; se irguió como una estatua de mármol y vio venir al hombre lobo. Los lanceros, soltaron sus antorchas y cubriéndose tras sus escudos, huyeron; solo Alfredo se quedó ahí para dar batalla al monstruo.
Alzó su pesada lanza ante el lobo que se aproximaba, y la lanzó contra la erizada espalda del hombre lobo, pero el arma era insuficiente.
Luego el hombre lobo, fijando sus ojos sobre Isolda, se preparó por un momento en la sombra. Isolda , pensando en las palabras de Haroldo, sacó la vieja lanza de Sigfrido de su vaina, la levantó, y con la fuerza de la desesperación la lanzó a través del aire.
El hombre lobo vio el arma brillante, y un gritó surgió de su garganta — un grito de agonía humana. E Isolda vio en los ojos del hombre lobo los ojos de alguien que ella había visto y conocido, pero fue sólo por un instante, y luego los ojos ya no fueron humanos, sino los de una bestia feroz.
Una fuerza supernatural pareció impulsar la lanza en su vuelo. Con sobrenatural precisión el arma se enterró en la mitad de su pecho hirsuto de lobo, justo arriba del corazón, y luego, con un aullido monstruoso — como si se le fuera la vida — el hombre lobo cayó muerto entre las sombras.
Luego, ah, luego de verdad hubo gran júbilo, y grandes fueron las aclamaciones, mientras, hermosa en su temblorosa palidez, Isolda fue llevada hasta su casa, donde la gente se congregó para dar una gran festejo en su homenaje, porque el hombre lobo estaba muerto, y ella era quien le había dado muerte.
Pero Isolda exclamó: —Vayan, busquen a Haroldo — vayan, tráiganlo a mí. No coman, ni duerman hasta encontrarlo.—
—Mi Buena señora,— dijo Alfredo, —¿como podría ser eso, si él ha marchado a Normandía?—
—No me importa dónde esté,— exclamó ella. —Mi corazón está detenido hasta que pueda verme en sus ojos otra vez.—
—Seguramente no se ha ido a Normandía— dijo Huberto. —Este vecino lo vio entrar en su casa.—
Todos se apresuraron en ir, en vasta compañía, hacia allá. La puerta de su alcoba estaba cerrada.
—¡Haroldo, Haroldo, vamos!— exclamaron, mientras golpeaban la puerta, pero no hubo respuesta a sus llamados y golpes. Ya con miedo, tiraron la puerta abajo, y cuando esta cayó, vieron a Haroldo tendido en su cama.
—Duerme,— dijo uno. —Vean, sostiene un portarretratos en su mano — y es el portarretrato de Isolda. Qué bello está y qué tranquilamente duerme.—
Pero no, Haroldo no estaba dormido. Su rostro estaba calmo y hermoso, como si soñara con su amada, pero su vestimenta estaba roja con la sangre que manaba de una herida en su pecho — una herida horrenda, como de lanza, justo encima de su corazón.
FIN

El Horla – Guy de Maupassant (1887)

Posted by Jaume On miércoles, junio 02, 2010 0 comentarios

8 de mayo

¡Qué hermoso día! He pasado toda la mañana tendido sobre la hierba, delante de mi casa, bajo el enorme plátano que la cubre, la resguarda y le da sombra. Adoro esta región, y me gusta vivir aquí porque he echado raíces aquí, esas raíces profundas y delicadas que unen al hombre con la tierra donde nacieron y murieron sus abuelos, esas raíces que lo unen a lo que se piensa y a lo que se come, a las costumbres como a los alimentos, a los modismos regionales, a la forma de hablar de sus habitantes, a los perfumes de la tierra, de las aldeas y del aire mismo.
Adoro la casa donde he crecido. Desde mis ventanas veo el Sena que corre detrás del camino, a lo largo de mi jardín, casi dentro de mi casa, el grande y ancho Sena, cubierto de barcos, en el tramo entre Ruán y El Havre.
A lo lejos y a la izquierda, está Ruán, la vasta ciudad de techos azules, con sus numerosas y agudas torres góticas, delicadas o macizas, dominadas por la flecha de hierro de su catedral, y pobladas de campanas que tañen en el aire azul de las mañanas hermosas enviándome su suave y lejano murmullo de hierro, su canto de bronce que me llega con mayor o menor intensidad según que la brisa aumente o disminuya.
¡Qué hermosa mañana!
A eso de las once pasó frente a mi ventana un largo convoy de navíos arrastrados por un remolcador grande como una mosca, que jadeaba de fatiga lanzando por su chimenea un humo espeso.
Después, pasaron dos goletas inglesas, cuyas rojas banderas flameaban sobre el fondo del cielo, y un soberbio bergantín brasileño, blanco y admirablemente limpio y reluciente. Saludé su paso sin saber por qué, pues sentí placer al contemplarlo.

11 de mayo

Tengo algo de fiebre desde hace algunos días. Me siento dolorido o más bien triste.
¿De dónde vienen esas misteriosas influencias que trasforman nuestro bienestar en desaliento y nuestra confianza en angustia? Diríase qué el aire, el aire invisible, está poblado de lo desconocido, de poderes cuya misteriosa proximidad experimentamos. ¿Por qué al despertarme siento una gran alegría y ganas de cantar, y luego, sorpresivamente, después de dar un corto paseo por la costa, regreso desolado como si me esperase una desgracia en mi casa? ¿Tal vez una ráfaga fría al rozarme la piel me ha alterado los nervios y ensombrecido el alma? ¿Acaso la forma de las nubes o el color tan variable del día o de las cosas me ha perturbado el pensamiento al pasar por mis ojos? ¿Quién puede saberlo? Todo lo que nos rodea, lo que vemos sin mirar, lo que rozamos inconscientemente, lo que tocamos sin palpar y lo que encontramos sin reparar en ello, tiene efectos rápidos, sorprendentes e inexplicables sobre nosotros, sobre nuestros órganos y, por consiguiente, sobre nuestros pensamientos y nuestro corazón.
¡Cuán profundo es el misterio de lo Invisible! No podemos explorarlo con nuestros mediocres sentidos, con nuestros ojos que no pueden percibir lo muy grande ni lo muy pequeño, lo muy próximo ni lo muy lejano, los habitantes de una estrella ni los de una gota de agua… con nuestros oídos que nos engañan, trasformando las vibraciones del aire en ondas sonoras, como si fueran hadas que convierten milagrosamente en sonido ese movimiento, y que mediante esa metamorfosis hacen surgir la música que trasforma en canto la muda agitación de la naturaleza… con nuestro olfato, más débil que el del perro… con nuestro sentido del gusto, que apenas puede distinguir la edad de un vino.
¡Cuántas cosas descubriríamos a nuestro alrededor si tuviéramos otros órganos que realizaran para nosotros otros milagros!

16 de mayo

Decididamente, estoy enfermo. ¡Y pensar que estaba tan bien el mes pasado! Tengo fiebre, una fiebre atroz, o, mejor dicho, una nerviosidad febril que afecta por igual el alma y el cuerpo. Tengo continuamente la angustiosa sensación de un peligro que me amenaza, la aprensión de una desgracia inminente o de la muerte que se aproxima, el presentimiento suscitado por el comienzo de un mal aún desconocido que germina en la carne y en la sangre.

18 de mayo

Acabo de consultar al médico pues ya no podía dormir. Me ha encontrado el pulso acelerado, los ojos inflamados y los nervios alterados, pero ningún síntoma alarmante. Debo darme duchas y tomar bromuro de potasio.

25 de mayo

¡No siento ninguna mejoría! Mi estado es realmente extraño. Cuando se aproxima la noche, me invade una inexplicable inquietud, como si la noche ocultase una terrible amenaza para mí. Ceno rápidamente y luego trato de leer, pero no comprendo las palabras y apenas distingo las letras. Camino entonces de un extremo a otro de la sala sintiendo la opresión de un temor confuso e irresistible, el temor de dormir y el temor de la cama. A las diez subo a la habitación. En cuanto entro, doy dos vueltas a la llave y corro los cerrojos; tengo miedo… ¿de qué?… Hasta ahora nunca sentía temor por nada… abro mis armarios, miro debajo de la cama; escucho… escucho… ¿qué?… ¿Acaso puede sorprender que un malestar, un trastorno de la circulación, y tal vez una ligera congestión, una pequeña perturbación del funcionamiento tan imperfecto y delicado de nuestra máquina viviente, convierta en un melancólico al más alegre de los hombres y en un cobarde al más valiente? Luego me acuesto y espero el sueño como si esperase al verdugo. Espero su llegada con espanto; mi corazón late intensamente y mis piernas se estremecen; todo mi cuerpo tiembla en medio del calor de la cama hasta el momento en que caigo bruscamente en el sueño como si me ahogara en un abismo de agua estancada. Ya no siento llegar como antes a ese sueño pérfido, oculto cerca de mí, que me acecha, se apodera de mi cabeza, me cierra los ojos y me aniquila.
Duermo durante dos o tres horas, y luego no es un sueño sino una pesadilla lo que se apodera de mí. Sé perfectamente que estoy acostado y que duermo… lo comprendo y lo sé… y siento también que alguien se aproxima, me mira, me toca, sube sobre la cama, se arrodilla sobre mi pecho y tomando mi cuello entre sus manos aprieta y aprieta… con todas sus fuerzas para estrangularme.
Trato de defenderme, impedido por esa impotencia atroz que nos paraliza en los sueños: quiero gritar y no puedo; trato de moverme y no puedo; con angustiosos esfuerzos y jadeante, trato de liberarme, de rechazar ese ser que me aplasta y me asfixia, ¡pero no puedo!
Y de pronto, me despierto enloquecido y cubierto de sudor. Enciendo una bujía. Estoy solo.
Después de esa crisis, que se repite todas las noches, duermo por fin tranquilamente hasta el amanecer.

2 de junio

Mi estado se ha agravado. ¿Qué es lo que tengo? El bromuro y las duchas no me producen ningún efecto. Para fatigarme más, a pesar de que ya me sentía cansado, fui a dar un paseo por el bosque de Roumare. En un principio me pareció que el aire suave, ligero y fresco, lleno de aromas de hierbas y hojas, vertía una sangre nueva en mis venas y nuevas energías en mi corazón. Caminé por una gran avenida de caza y después por una estrecha alameda, entre dos filas de árboles desmesuradamente altos que formaban un techo verde y espeso, casi negro, entre el cielo y yo.
De pronto sentí un estremecimiento, no de frío sino un extraño temblor angustioso. Apresuré el paso, inquieto por hallarme solo en ese bosque, atemorizado sin razón por el profundo silencio. De improviso, me pareció que me seguían, que alguien marchaba detrás de mí, muy cerca, muy cerca, casi pisándome los talones.
Me volví hacia atrás con brusquedad. Estaba solo. Únicamente vi detrás de mí el recto y amplio sendero, vacío, alto, pavorosamente vacío; y del otro lado se extendía también hasta perderse de vista de modo igualmente solitario y atemorizante.
Cerré los ojos, ¿por qué? Y me puse a girar sobre un pie como un trompo. Estuve a punto de caer; abrí los ojos: los árboles bailaban, la tierra flotaba, tuve que sentarme. Después ya no supe por dónde había llegado hasta allí. ¡Qué extraño! Ya no recordaba nada. Tomé hacia la derecha, y llegué a la avenida que me había llevado al centro del bosque.

3 de junio

He pasado una noche horrible. Voy a irme de aquí por algunas semanas. Un viaje breve sin duda me tranquilizará.

2 de julio

Regreso restablecido. El viaje ha sido delicioso. Visité el monte Saint-Michel, que no conocía.
¡Qué hermosa visión se tiene al llegar a Avranches, como llegué yo al caer la tarde! La ciudad se halla sobre una colina. Cuando me llevaron al jardín botánico, situado en un extremo de la población, no pude evitar un grito de admiración. Una extensa bahía se extendía ante mis ojos hasta el horizonte, entre dos costas lejanas que se esfumaban en medio de la bruma, y en el centro de esa inmensa bahía, bajo un dorado cielo despejado, se elevaba un monte extraño, sombrío y puntiagudo en las arenas de la playa. El sol acababa de ocultarse, y en el horizonte aún rojizo se recortaba el perfil de ese fantástico acantilado que lleva en su cima un fantástico monumento.
Al amanecer me dirigí hacia allí. El mar estaba bajo como la tarde anterior y a medida que me acercaba veía elevarse gradualmente a la sorprendente abadía. Luego de varias horas de marcha, llegué al enorme bloque de piedra en cuya cima se halla la pequeña población dominada por la gran iglesia. Después de subir por la calle estrecha y empinada, penetré en la más admirable morada gótica construida por Dios en la tierra, vasta como una ciudad, con numerosos recintos de techo bajo, como aplastados por bóvedas y galerías superiores sostenidas por frágiles columnas. Entré en esa gigantesca joya de granito, ligera como un encaje, cubierta de torres, de esbeltos torreones, a los cuales se sube por intrincadas escaleras, que destacan en el cielo azul del día y negro de la noche sus extrañas cúpulas erizadas de quimeras, diablos, animales fantásticos y flores monstruosas, unidas entre sí por finos arcos labrados.
Cuando llegué a la cumbre, dije al monje que me acompañaba:
—¡Qué bien se debe estar aquí, padre!
—Es un lugar muy ventoso, señor —me respondió. Y nos pusimos a conversar mientras mirábamos subir el mar, que avanzaba sobre la playa y parecía cubrirla con una coraza de acero.
El monje me refirió historias, todas las viejas historias del lugar, leyendas, muchas leyendas.
Una de ellas me impresionó mucho. Los nacidos en el monte aseguran que de noche se oyen voces en la playa y después se perciben los balidos de dos cabras, una de voz fuerte y la otra de voz débil. Los incrédulos afirman que son los graznidos de las aves marinas que se asemejan a balidos o a quejas humanas, pero los pescadores rezagados juran haber encontrado merodeando por las dunas, entre dos mareas y alrededor de la pequeña población tan alejada del mundo, a un viejo pastor cuya cabeza nunca pudieron ver por llevarla cubierta con su capa, y delante de él marchan un macho cabrío con rostro de hombre y una cabra con rostro de mujer; ambos tienen largos cabellos blancos y hablan sin cesar: discuten en una lengua desconocida, interrumpiéndose de pronto para balar con todas sus fuerzas.
—¿Cree usted en eso? —pregunté al monje.
—No sé —me contestó.
Yo proseguí:
—Si existieran en la tierra otros seres diferentes de nosotros, los conoceríamos desde hace mucho tiempo; ¿cómo es posible que no los hayamos visto usted ni yo?
—¿Acaso vemos —me respondió— la cienmilésima parte de lo que existe? Observe por ejemplo el viento, que es la fuerza más poderosa de la naturaleza; el viento, que derriba hombres y edificios, que arranca de cuajo los árboles y levanta montañas de agua en el mar, que destruye los acantilados y que arroja contra ellos a las grandes naves, el viento que mata, silba, gime y ruge, ¿acaso lo ha visto alguna vez? ¿Acaso lo puede ver? Y sin embargo existe.
Ante este sencillo razonamiento opté por callarme. Este hombre podía ser un sabio o tal vez un tonto. No podía afirmarlo con certeza, pero me llamé a silencio. Con mucha frecuencia había pensado en lo que me dijo.

3 de julio

Dormí mal; evidentemente, hay una influencia febril, pues mi cochero sufre del mismo mal que yo. Ayer, al regresar, observé su extraña palidez. Le pregunté:
—¿Qué tiene, Jean?
—Ya no puedo descansar; mis noches desgastan mis días. Desde la partida del señor parece que padezco una especie de hechizo.
Los demás criados están bien, pero temo que me vuelvan las crisis.

4 de julio

Decididamente, las crisis vuelven a empezar. Vuelvo a tener las mismas pesadillas. Anoche sentí que alguien se inclinaba sobre mí y con su boca sobre la mía, bebía mi vida. Sí, la bebía con la misma avidez que una sanguijuela. Luego se incorporó saciado, y yo me desperté tan extenuado y aniquilado, que apenas podía moverme. Si eso se prolonga durante algunos días volveré a ausentarme.

5 de julio

¿He perdido la razón? Lo que pasó, lo que vi anoche, ¡es tan extraño que cuando pienso en ello pierdo la cabeza!
Había cerrado la puerta con llave, como todas las noches, y luego sentí sed; bebí medio vaso de agua y observé distraídamente que la botella estaba llena.
Me acosté en seguida y caí en uno de mis espantosos sueños del cual pude salir cerca de dos horas después con una sacudida más horrible aún. Imagínense ustedes un hombre que es asesinado mientras duerme, que despierta con un cuchillo clavado en el pecho, jadeante y cubierto de sangre, que no puede respirar y que muere sin comprender lo que ha sucedido.
Después de recobrar la razón, sentí nuevamente sed; encendí una bujía y me dirigí hacia la mesa donde había dejado la botella. La levanté inclinándola sobre el vaso, pero no había una gota de agua. Estaba vacía, ¡completamente vacía! Al principio no comprendí nada, pero de pronto sentí una emoción tan atroz que tuve que sentarme o, mejor dicho, me desplomé sobre una silla. Luego me incorporé de un salto para mirar a mi alrededor. Después volví a sentarme delante del cristal trasparente, lleno de asombro y terror. Lo observaba con la mirada fija, tratando de imaginarme lo que había pasado. Mis manos temblaban. ¿Quién se había bebido el agua? Yo, yo sin duda. ¿Quién podía haber sido sino yo? Entonces… yo era sonámbulo, y vivía sin saberlo esa doble vida misteriosa que nos hace pensar que hay en nosotros dos seres, o que a veces un ser extraño, desconocido e invisible anima, mientras dormimos, nuestro cuerpo cautivo que le obedece como a nosotros y más que a nosotros.
¡Ah! ¿Quién podrá comprender mi abominable angustia? ¿Quién podrá comprender la emoción de un hombre mentalmente sano, perfectamente despierto y en uso de razón al contemplar espantado una botella que se ha vaciado mientras dormía? Y así permanecí hasta el amanecer sin atreverme a volver a la cama.

6 de julio

Pierdo la razón. ¡Anoche también bebieron el agua de la botella, o tal vez la bebí yo!

10 de julio

Acabo de hacer sorprendentes comprobaciones. ¡Decididamente estoy loco! Y sin embargo…
El 6 de julio, antes de acostarme puse sobre la mesa vino, leche, agua, pan y fresas. Han bebido —o he bebido— toda el agua y un poco de leche. No han tocado el vino, ni el pan ni las fresas.
El 7 de julio he repetido la prueba con idénticos resultados.
El 8 de julio suprimí el agua y la leche, y no han tocado nada.
Por último, el 9 de julio puse sobre la mesa solamente el agua y la leche, teniendo especial cuidado de envolver las botellas con lienzos de muselina blanca y de atar los tapones. Luego me froté con grafito los labios, la barba y las manos y me acosté.
Un sueño irresistible se apoderó de mí, seguido poco después por el atroz despertar. No me había movido; ni siquiera mis sábanas estaban manchadas. Corrí hacia la mesa. Los lienzos que envolvían las botellas seguían limpios e inmaculados. Desaté los tapones, palpitante de emoción . ¡Se habían bebido toda el agua y toda la leche! ¡Ah! ¡Dios mío!…
Partiré inmediatamente hacia París.

12 de julio

París. Estos últimos días había perdido la cabeza. Tal vez he sido juguete de mi enervada imaginación, salvo que yo sea realmente sonámbulo o que haya sufrido una de esas influencias comprobadas, pero hasta ahora inexplicables, que se llaman sugestiones. De todos modos, mi extravío rayaba en la demencia, y han bastado veinticuatro horas en París para recobrar la cordura. Ayer, después de paseos y visitas, que me han renovado y vivificado el alma, terminé el día en el Théatre-Francais. Representábase una pieza de Alejandro Dumas hijo. Este autor vivaz y pujante ha terminado de curarme. Es evidente que la soledad resulta peligrosa para las mentes que piensan demasiado. Necesitamos ver a nuestro alrededor a hombres que piensen y hablen. Cuando permanecemos solos durante mucho tiempo, poblamos de fantasmas el vacío.
Regresé muy contento al hotel, caminando por el centro. Al codearme con la multitud, pensé, no sin ironía, en mis terrores y suposiciones de la semana pasada, pues creí, sí, creí que un ser invisible vivía bajo mi techo. Cuán débil es nuestra razón y cuán rápidamente se extravía cuando nos estremece un hecho incomprensible.
En lugar de concluir con estas simples palabras: “Yo no comprendo porque no puedo explicarme las causas”, nos imaginamos en seguida impresionantes misterios y poderes sobrenaturales.

14 de julio

Fiesta de la República. He paseado por las calles. Los cohetes y banderas me divirtieron como a un niño. Sin embargo, me parece una tontería ponerse contento un día determinado por decreto del gobierno. El pueblo es un rebaño de imbéciles, a veces tonto y paciente, y otras, feroz y rebelde. Se le dice: “Diviértete”. Y se divierte. Se le dice: “Ve a combatir con tu vecino”. Y va a combatir. Se le dice: “Vota por el emperador”. Y vota por el emperador. Después: “Vota por la República”. Y vota por la República.
Los que lo dirigen son igualmente tontos, pero en lugar de obedecer a hombres se atienen a principios, que por lo mismo que son principios sólo pueden ser necios, estériles y falsos, es decir, ideas consideradas ciertas e inmutables, tan luego en este mundo donde nada es seguro y donde la luz y el sonido son ilusorios.

16 de julio

Ayer he visto cosas que me preocuparon mucho. Cené en casa de mi prima, la señora Sablé, casada con el jefe del regimiento 76 de cazadores de Limoges. Conocí allí a dos señoras jóvenes, casada una de ellas con el doctor Parent que se dedica intensamente al estudio de las enfermedades nerviosas y de los fenómenos extraordinarios que hoy dan origen a las experiencias sobre hipnotismo y sugestión.
Nos refirió detalladamente los prodigiosos resultados obtenidos por los sabios ingleses y por los médicos de la escuela de Nancy. Los hechos que expuso me parecieron tan extraños que manifesté mi incredulidad.
—Estamos a punto de descubrir uno de los más importantes secretos de la naturaleza —decía el doctor Parent—, es decir, uno de sus más importantes secretos aquí en la tierra, puesto que hay evidentemente otros secretos importantes en las estrellas. Desde que el hombre piensa, desde que aprendió a expresar y a escribir su pensamiento, se siente tocado por un misterio impenetrable para sus sentidos groseros e imperfectos, y trata de suplir la impotencia de dichos sentidos mediante el esfuerzo de su inteligencia. Cuando la inteligencia permanecía aún en un estado rudimentario, la obsesión de los fenómenos invisibles adquiría formas comúnmente terroríficas. De ahí las creencias populares en lo sobrenatural. Las leyendas de las almas en pena, las hadas, los gnomos y los aparecidos; me atrevería a mencionar incluso la leyenda de Dios, pues nuestras concepciones del artífice creador de cualquier religión son las invenciones más mediocres, estúpidas e inaceptables que pueden salir de la mente atemorizada de los hombres. Nada es más cierto que este pensamiento de Voltaire: “Dios ha hecho al hombre a su imagen y semejanza pero el hombre también ha procedido así con él”.
“Pero desde hace algo más de un siglo, parece percibirse algo nuevo. Mesmer y algunos otros nos señalan un nuevo camino y, efectivamente, sobre todo desde hace cuatro o cinco años, se han obtenido sorprendentes resultados.”
Mi prima, también muy incrédula, sonreía. El doctor Parent le dijo:
—¿Quiere que la hipnotice, señora?
—Sí; me parece bien.
Ella se sentó en un sillón y él comenzó a mirarla fijamente. De improviso, me dominó la turbación, mi corazón latía con fuerza y sentía una opresión en la garganta. Veía cerrarse pesadamente los ojos de la señora Sablé, y su boca se crispaba y parecía jadear.
Al cabo de diez minutos dormía.
—Póngase detrás de ella —me dijo el médico.
Obedecí su indicación, y él colocó en las manos de mi prima una tarjeta de visita al tiempo que le decía: “Esto es un espejo; ¿qué ve en él?”
—Veo a mi primo —respondió.
—¿Qué hace?
—Se atusa el bigote.
—¿Y ahora ?
—Saca una fotografía del bolsillo.
—¿Quién aparece en la fotografía?
—Él, mi primo.
¡Era cierto! Esa misma tarde me habían entregado esa fotografía en el hotel.
—¿Cómo aparece en ese retrato?
—Se halla de pie, con el sombrero en la mano. Evidentemente, veía en esa tarjeta de cartulina lo que hubiera visto en un espejo.
Las damas decían espantadas: “¡Basta! ¡Basta, por favor!”
Pero el médico ordenó: “Usted se levantará mañana a las ocho; luego irá a ver a su primo al hotel donde se aloja, y le pedirá que le preste los cinco mil francos que le pide su esposo y que le reclamará cuando regrese de su próximo viaje”. Luego la despertó.
Mientras regresaba al hotel pensé en esa curiosa sesión y me asaltaron dudas, no sobre la insospechable, la total buena fe de mi prima a quien conocía desde la infancia como a una hermana, sino sobre la seriedad del médico. ¿No escondería en su mano un espejo que mostraba a la joven dormida, al mismo tiempo que la tarjeta?
Los prestidigitadores profesionales hacen cosas semejantes.
No bien regresé, me acosté.
Pero a las ocho y media de la mañana me despertó mi sirviente y me dijo:
—La señora Sablé quiere hablar inmediatamente con el señor.
Me vestí de prisa y la hice pasar.
Sentóse muy turbada y me dijo sin levantar la mirada ni quitarse el velo:
—Querido primo, tengo que pedirle un gran favor.
—¿De qué se trata, prima?
—Me cuesta mucho decirlo, pero no tengo más remedio. Necesito urgentemente cinco mil francos.
—Pero cómo, ¿tan luego usted?
—Sí, yo, o mejor dicho mi esposo, que me ha encargado conseguirlos.
Me quedé tan asombrado que apenas podía balbucear mis respuestas. Pensaba que ella y el doctor Parent se estaba burlando de mí, y que eso podía ser una mera farsa preparada de antemano y representada a la perfección.
Pero todas mis dudas se disiparon cuando la observé con atención. Temblaba de angustia. Evidentemente esta gestión le resultaba muy penosa y advertí que apenas podía reprimir el llanto.
Sabía que era muy rica y le dije:
—¿Cómo es posible que su esposo no disponga de cinco mil francos? Reflexione. ¿Está segura de que le ha encargado pedírmelos a mí?
Vaciló durante algunos segundos como si le costara mucho recordar, y luego respondió:
—Sí… sí… estoy segura.
—¿Le ha escrito?
Vaciló otra vez y volvió a pensar. Advertí el penoso esfuerzo de su mente. No sabía. Sólo recordaba que debía pedirme ese préstamo para su esposo. Por consiguiente, se decidió a mentir.
—Sí, me escribió.
—¿Cuándo? Ayer no me dijo nada.
—Recibí su carta esta mañana.
—¿Puede enseñármela?
—No, no… contenía cosas íntimas… demasiado personales… y la he… la he quemado.
—Así que su marido tiene deudas.
Vaciló una vez más y luego murmuró:
—No lo sé.
Bruscamente le dije:
—Pero en este momento, querida prima, no dispongo de cinco mil francos.
Dio una especie de grito de desesperación:
—¡Ay! ¡Por favor! Se lo ruego! Trate de conseguirlos…
Exaltada, unía sus manos como si se tratara de un ruego. Su voz cambió de tono; lloraba murmurando cosas ininteligibles, molesta y dominada por la orden irresistible que había recibido.
—¡Ay! Le suplico… si supiera cómo sufro… los necesito para hoy. Sentí piedad por ella.
—Los tendrá de cualquier manera. Se lo prometo.
—¡Oh! ¡Gracias, gracias! ¡Qué bondadoso es usted !
—¿Recuerda lo que pasó anoche en su casa? —le pregunté entonces.
—Sí.
—¿Recuerda que el doctor Parent la hipnotizó?
— Sí..
—Pues bien, fue él quien le ordenó venir esta mañana a pedirme cinco mil francos, y en este momento usted obedece a su sugestión.
Reflexionó durante algunos instantes y luego respondió:
—Pero es mi esposo quien me los pide.
Durante una hora traté infructuosamente de convencerla. Cuando se fue, corrí a casa del doctor Parent. Me dijo:
—¿Se ha convencido ahora?
—Sí, no hay más remedio que creer.
—Vamos a ver a su prima.
Cuando llegamos dormitaba en un sofá, rendida por el cansancio. El médico le tomó el pulso, la miró durante algún tiempo con una mano extendida hacia sus ojos que la joven cerró debido al influjo irresistible del poder magnético.
Cuando se durmió, el doctor Parent le dijo:
—¡Su esposo no necesita los cinco mil francos! Por lo tanto, usted debe olvidar que ha rogado a su primo para que se los preste, y si le habla de eso, usted no comprenderá.
Luego le despertó. Entonces saqué mi billetera.
—Aquí tiene, querida prima. Lo que me pidió esta mañana .
Se mostró tan sorprendida que no me atreví a insistir. Traté, sin embargo, de refrescar su memoria, pero negó todo enfáticamente, creyendo que me burlaba, y poco faltó para que se enojase.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Acabo de regresar. La experiencia me ha impresionado tanto que no he podido almorzar.

19 de julio

Muchas personas a quienes he referido esta aventura se han reído de mí. Ya no sé qué pensar. El sabio dijo: “Quizá”.

21 de julio

Cené en Bougival y después estuve en el baile de los remeros. Decididamente, todo depende del lugar y del medio. Creer en lo sobrenatural en la isla de la Grenouillère sería el colmo del desatino… pero ¿no es así en la cima del monte Saint-Michel, y en la India? Sufrimos la influencia de lo que nos rodea. Regresaré a casa la semana próxima.

30 de julio

Ayer he regresado a casa. Todo está bien.

2 de agosto

No hay novedades. Hace un tiempo espléndido. Paso los días mirando correr el Sena.

4 de agosto

Hay problemas entre mis criados. Aseguran que alguien rompe los vasos en los armarios por la noche. El sirviente acusa a la cocinera y ésta a la lavandera quien a su vez acusa a los dos primeros. ¿Quién es el culpable? El tiempo lo dirá.

6 de agosto

Esta vez no estoy loco. Lo he visto… ¡lo he visto! Ya no tengo la menor duda… ¡lo he visto! Aún siento frío hasta en las uñas… el miedo me penetra hasta la médula… ¡Lo he visto!…
A las dos de la tarde me paseaba a pleno sol por mi rosedal; caminaba por el sendero de rosales de otoño que comienzan a florecer.
Me detuve a observar un hermoso ejemplar de géant des batailles, que tenía tres flores magníficas, y vi entonces con toda claridad cerca de mí que el tallo de una de las rosas se doblaba como movido por una mano invisible: ¡luego, vi que se quebraba como si la misma mano lo cortase! Luego la flor se elevó, siguiendo la curva que habría descrito un brazo al llevarla hacia una boca, y permaneció suspendida en el aire trasparente, muy sola e inmóvil, como una pavorosa mancha a tres pasos de mí.
Azorado, me arrojé sobre ella para tomarla. Pero no pude hacerlo: había desaparecido. Sentí entonces rabia contra mí mismo, pues no es posible que una persona razonable tenga semejantes alucinaciones .
Pero, ¿tratábase realmente de una alucinación? Volví hacia el rosal para buscar el tallo cortado e inmediatamente lo encontré, recién cortado, entre las dos rosas que permanecían en la rama. Regresé entonces a casa con la mente alterada; en efecto, ahora estoy convencido, seguro como de la alternancia de los días y las noches, de que existe cerca de mí un ser invisible, que se alimenta de leche y agua, que puede tocar las cosas, tomarlas y cambiarlas de lugar; dotado, por consiguiente, de un cuerpo material aunque imperceptible para nuestros sentidos, y que habita en mi casa como yo…

7 de agosto

Dormí tranquilamente. Se ha bebido el agua de la botella pero no perturbó mi sueño.
Me pregunto si estoy loco. Cuando a veces me paseo a pleno sol, a lo largo de la costa, he dudado de mi razón; no son ya dudas inciertas como las que he tenido hasta ahora, sino dudas precisas, absolutas. He visto locos. He conocido algunos que seguían siendo inteligentes, lúcidos y sagaces en todas las cosas de la vida menos en un punto. Hablaban de todo con claridad, facilidad y profundidad, pero de pronto su pensamiento chocaba contra el escollo de la locura y se hacía pedazos, volaba en fragmentos y se hundía en ese océano siniestro y furioso, lleno de olas fragorosas, brumosas y borrascosas que se llama “demencia”.
Ciertamente, estaría convencido de mi locura, si no tuviera perfecta conciencia de mi estado, al examinarlo con toda lucidez. En suma, yo sólo sería un alucinado que razona. Se habría producido en mi mente uno de esos trastornos que hoy tratan de estudiar y precisar los fisiólogos modernos, y dicho trastorno habría provocado en mí una profunda ruptura en lo referente al orden y a la lógica de las ideas. Fenómenos semejantes se producen en el sueño, que nos muestra las fantasmagorías más inverosímiles sin que ello nos sorprenda, porque mientras duerme el aparato verificador, el sentido del control, la facultad imaginativa vigila y trabaja. ¿Acaso ha dejado de funcionar en mí una de las imperceptibles teclas del teclado cerebral? Hay hombres que a raíz de accidentes pierden la memoria de los nombres propios, de las cifras o solamente de las fechas. Hoy se ha comprobado la localización de todas las partes del pensamiento. No puede sorprender entonces que en este momento se haya disminuido mi facultad de controlar la irrealidad de ciertas alucinaciones.
Pensaba en todo ello mientras caminaba por la orilla del río. El sol iluminaba el agua, sus rayos embellecían la tierra y llenaban mis ojos de amor por la vida, por las golondrinas cuya agilidad constituye para mí un motivo de alegría, por las hierbas de la orilla cuyo estremecimiento es un placer para mis oídos.
Sin embargo, paulatinamente me invadía un malestar inexplicable. Me parecía que una fuerza desconocida me detenía, me paralizaba, impidiéndome avanzar, y que trataba de hacerme volver atrás. Sentí ese doloroso deseo de volver que nos oprime cuando hemos dejado en nuestra casa a un enfermo querido y presentimos una agravación del mal.
Regresé entonces, a pesar mío, convencido de que encontraría en casa una mala noticia, una carta o un telegrama. Nada de eso había, y me quedé más sorprendido e inquieto aún que si hubiese tenido una nueva visión fantástica.

8 de agosto

Pasé una noche horrible. Él no ha aparecido más, pero lo siento cerca de mí. Me espía, me mira, se introduce en mí y me domina. Así me resulta más temible, pues al ocultarse de este modo parece manifestar su presencia invisible y constante mediante fenómenos sobrenaturales.
Sin embargo he podido dormir.

9 de agosto

Nada ha sucedido. pero tengo miedo.

10 de agosto

Nada: ¿qué sucederá mañana?

11 de agosto

Nada, siempre nada; no puedo quedarme aquí con este miedo y estos pensamientos que dominan mi mente; me voy.

12 de agosto, 10 de la noche

Durante todo el día he tratado de partir, pero no he podido. He intentado realizar ese acto tan fácil y sencillo —salir, subir en mi coche para dirigirme a Ruán— y no he podido. ¿Por qué?

13 de agosto

Cuando nos atacan ciertas enfermedades nuestros mecanismos físicos parecen fallar. Sentimos que nos faltan las energías y que todos nuestros músculos se relajan; los huesos parecen tan blandos como la carne y la carne tan líquida como el agua. Todo eso repercute en mi espíritu de manera extraña y desoladora. Carezco de fuerzas y de valor; no puedo dominarme y ni siquiera puedo hacer intervenir mi voluntad. Ya no tengo iniciativa; pero alguien lo hace por mí, y yo obedezco.

14 de agosto

¡Estoy perdido! ¡Alguien domina mi alma y la dirige! Alguien ordena todos mis actos, mis movimientos y mis pensamientos. Ya no soy nada en mí; no soy más que un espectador prisionero y aterrorizado por todas las cosas que realizo. Quiero salir y no puedo. Él no quiere y tengo que quedarme, azorado y tembloroso, en el sillón donde me obliga a sentarme. Sólo deseo levantarme, incorporarme para sentirme todavía dueño de mí. ¡Pero no puedo! Estoy clavado en mi asiento, y mi sillón se adhiere al suelo de tal modo que no habría fuerza capaz de movernos.
De pronto, siento la irresistible necesidad de ir al huerto a cortar fresas y comerlas. Y voy. Corto fresas y las como. ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¿Será acaso un Dios? Si lo es, ¡salvadme! ¡Libradme! ¡Socorredme! ¡Perdón! ¡Piedad! ¡Misericordia! ¡Salvadme! ¡Oh, qué sufrimiento! ¡Qué suplicio! ¡Qué horror!

15 de agosto

Evidentemente, así estaba poseída y dominada mi prima cuando fue a pedirme cinco mil francos. Obedecía a un poder extraño que había penetrado en ella como otra alma, como un alma parásita y dominadora. ¿Es acaso el fin del mundo? Pero, ¿quién es el ser invisible que me domina? ¿Quién es ese desconocido, ese merodeador de una raza sobrenatural?
Por consiguiente, ¡los invisibles existen! ¿Pero cómo es posible que aún no se hayan manifestado desde el origen del mundo en una forma tan evidente como se manifiestan en mí? Nunca leí nada que se asemejara a lo que ha sucedido en mi casa. Si pudiera abandonarla, irme, huir y no regresar más, me salvaría, pero no puedo.

16 de agosto

Hoy pude escaparme durante dos horas, como un preso que encuentra casualmente abierta la puerta de su calabozo. De pronto, sentí que yo estaba libre y que él se hallaba lejos. Ordené uncir los caballos rápidamente y me dirigí a Ruán. Qué alegría poder decirle a un hombre que obedece: “¡Vamos a Ruán!”
Hice detener la marcha frente a la biblioteca donde solicité en préstamo el gran tratado del doctor Hermann Herestauss sobre los habitantes desconocidos del mundo antiguo y moderno.
Después, cuando me disponía a subir a mi coche, quise decir: “¡A la estación!” y grité —no dije, grité— con una voz tan fuerte que llamó la atención de los transeúntes: “A casa”, y caí pesadamente, loco de angustia, en el asiento. Él me había encontrado y volvía a posesionarse de mí.

17 de agosto

¡Ah! ¡Qué noche! ¡Qué noche! Y sin embargo me parece que debería alegrarme. Leí hasta la una de la madrugada. Hermann Herestauss, doctor en filosofía y en teogonía, ha escrito la historia y las manifestaciones de todos los seres invisibles que merodean alrededor del hombre o han sido soñados por él. Describe sus orígenes, sus dominios y sus poderes. Pero ninguno de ellos se parece al que me domina. Se diría que el hombre, desde que pudo pensar, presintió y temió la presencia de un ser nuevo más fuerte que él —su sucesor en el mundo— y que como no pudo prever la naturaleza de este amo, creó, en medio de su terror, todo ese mundo fantástico de seres ocultos y de fantasmas misteriosos surgidos del miedo. Después de leer hasta la una de la madrugada, me senté junto a mi ventana abierta para refrescarme la cabeza y el pensamiento con la apacible brisa de la noche.
Era una noche hermosa y tibia, que en otra ocasión me hubiera gustado mucho. No había luna. Las estrellas brillaban en las profundidades del cielo con estremecedores destellos.
¿Quién vive en aquellos mundos? ¿Qué formas, qué seres vivientes, animales o plantas, existirán allí? Los seres pensantes de esos universos, ¿serán más sabios y más poderosos que nosotros? ¿Conocerán lo que nosotros ignoramos? Tal vez cualquiera de estos días uno de ellos atravesará el espacio y llegará a la tierra para conquistarla, así como antiguamente los normandos sometían a los pueblos más débiles.
Somos tan indefensos, inermes, ignorantes y pequeños, sobre este trozo de lodo que gira disuelto en una gota de agua.
Pensando en eso, me adormecí en medio del fresco viento de la noche.
Pero después de dormir unos cuarenta minutos, abrí los ojos sin hacer un movimiento, despertado por no sé qué emoción confusa y extraña. En un principio no vi nada, pero de pronto me pareció que una de las páginas del libro que había dejado abierto sobre la mesa acababa de darse vuelta sola. No entraba ninguna corriente de aire por la ventana. Esperé, sorprendido. Al cabo de cuatro minutos, vi, sí, vi con mis propios ojos que una nueva página se levantaba y caía sobre la otra, como movida por un dedo. Mi sillón estaba vacío, aparentemente estaba vacío, pero comprendí que él estaba leyendo allí, sentado en mi lugar. ¡Con un furioso salto, un salto de fiera irritada que se rebela contra el domador, atravesé la habitación para atraparlo, estrangularlo y matarlo! Pero antes de que llegara, el sillón cayó delante de mí como si él hubiera huido… la mesa osciló, la lámpara rodó por el suelo y se apagó, y la ventana se cerró como si un malhechor sorprendido hubiese escapado por la oscuridad, tomando con ambas manos los batientes.
Había escapado; había sentido miedo, ¡miedo de mí!
Entonces, mañana… pasado mañana o cualquiera de estos… podré tenerlo bajo mis puños y aplastarlo contra el suelo. ¿Acaso a veces los perros no muerden y degüellan a sus amos?

18 de agosto

He pensado durante todo el día. ¡Oh!, sí, voy a obedecerle, seguiré sus impulsos, cumpliré sus deseos, seré humilde, sumiso y cobarde. Él es más fuerte. Hasta que llegue el momento…

19 de agosto

¡Ya sé… ya sé todo! Acabo de leer lo que sigue en la Revista del Mundo Científico: “Nos llega una noticia muy curiosa de Río de Janeiro. Una epidemia de locura, comparable a las demencias contagiosas que asolaron a los pueblos europeos en la Edad Media, se ha producido en el Estado de San Pablo. Los habitantes despavoridos abandonan sus casas y huyen de los pueblos, dejan sus cultivos, creyéndose poseídos y dominados, como un rebaño humano, por seres invisibles aunque tangibles, por especies de vampiros que se alimentan de sus vidas mientras los habitantes duermen, y que además beben agua y leche sin apetecerles aparentemente ningún otro alimento.
“El profesor don Pedro Henríquez, en compañía de varios médicos eminentes, ha partido para el Estado de San Pablo a fin de estudiar sobre el terreno el origen y las manifestaciones de esta sorprendente locura, y poder aconsejar al Emperador las medidas que juzgue convenientes para apaciguar a los delirantes pobladores.”
¡Ah! ¡Ahora recuerdo el hermoso bergantín brasileño que pasó frente a mis ventanas remontando el Sena, el 8 de mayo último! Me pareció tan hermoso, blanco y alegre. Allí estaba él que venía de lejos, ¡del lugar de donde es originaria su raza! ¡Y me vio! Vio también mi blanca vivienda, y saltó del navío a la costa. ¡Oh, Dios mío!
Ahora ya lo sé y lo presiento: el reinado del hombre ha terminado.
Ha venido aquel que inspiró los primeros terrores de los pueblos primitivos. Aquel que exorcizaban los sacerdotes inquietos y que invocaban los brujos en las noches oscuras, aunque sin verlo todavía. Aquel a quien los presentimientos de los transitorios dueños del mundo adjudicaban formas monstruosas o graciosas de gnomos, espíritus, genios, hadas y duendes. Después de las groseras concepciones del espanto primitivo, hombres más perspicaces han presentido con mayor claridad. Mesmer lo sospechaba, y hace ya diez años que los médicos han descubierto la naturaleza de su poder de manera precisa, antes de que él mismo pudiera ejercerlo. Han jugado con el arma del nuevo Señor, con una facultad misteriosa sobre el alma humana. La han denominado magnetismo, hipnotismo, sugestión… ¡qué sé yo! ¡Los he visto divertirse como niños imprudentes con este terrible poder! ¡Desgraciados de nosotros! ¡Desgraciado del hombre! Ha llegado el… el… ¿cómo se llama?… el… parece que me gritara su nombre y no lo oyese… el… sí… grita… Escucho… ¿cómo?… repite… el… Horla… He oído… el Horla… es él… ¡el Horla… ha llegado!…
¡Ah! El buitre se ha comido la paloma, el lobo ha devorado el cordero; el león ha devorado el búfalo de agudos cuernos: el hombre ha dado muerte al león con la flecha, el puñal y la pólvora, pero el Horla hará con el hombre lo que nosotros hemos hecho con el caballo y el buey: lo convertirá en su cosa, su servidor y su alimento, por el solo poder de su voluntad. ¡Desgraciados de nosotros!
No obstante, a veces el animal se rebela y mata a quien lo domestica… yo también quiero… yo podría hacer lo mismo… pero primero hay que conocerlo, tocarlo y verlo. Los sabios afirman que los ojos de los animales no distinguen las mismas cosas que los nuestros… Y mis ojos no pueden distinguir al recién llegado que me oprime. ¿Por qué? ¡Oh! Recuerdo ahora las palabras del monje del monte Saint-Michel: “¿Acaso vemos la cienmilésima parte de lo que existe? Observe, por ejemplo, el viento que es la fuerza más poderosa de la naturaleza, el viento que derriba hombres y edificios, que arranca de cuajo los árboles, y levanta montañas de agua en el mar, que destruye los acantilados y arroja contra ellos a las grandes naves; el viento, que silba, gime y ruge. ¿Acaso lo ha visto usted alguna vez? ¿Acaso puede verlo? ¡Y sin embargo existe!”
Y yo seguía pensando: mis ojos son tan débiles e imperfectos que ni siquiera distinguen los cuerpos sólidos cuando son trasparentes como el vidrio. . . Si un espejo sin azogue obstruye mi camino chocaré contra él como el pájaro que penetra en una habitación y se rompe la cabeza contra los vidrios. Por lo demás, mil cosas nos engañan y desorientan. No puede extrañar entonces que el hombre no sepa percibir un cuerpo nuevo que atraviesa la luz.
¡Un ser nuevo! ¿Por qué no? ¡No podía dejar de venir! ¿ Por qué nosotros íbamos a ser los últimos? Nosotros no los distinguimos pero tampoco nos distinguían los seres creados antes que nosotros. Ello se explica porque su naturaleza es más perfecta, más elaborada y mejor terminada que la nuestra, tan endeble y torpemente concebida, trabada por órganos siempre fatigados, siempre forzados como mecanismos demasiado complejos, que vive como una planta o como un animal, nutriéndose penosamente de aire, hierba y carne, máquina animal acosada por las enfermedades, las deformaciones y las putrefacciones; que respira con dificultad, imperfecta, primitiva y extraña, ingeniosamente mal hecha, obra grosera y delicada, bosquejo del ser que podría convertirse en inteligente y poderoso.
Existen muchas especies en este mundo, desde la ostra al hombre. ¿Por qué no podría aparecer una más, después de cumplirse el período que separa las sucesivas apariciones de las diversas especies?
¿Por qué no puede aparecer una más? ¿Por qué no pueden surgir también nuevas especies de árboles de flores gigantescas y resplandecientes que perfumen regiones enteras? ¿Por qué no pueden aparecer otros elementos que no sean el fuego, el aire, la tierra y el agua? ¡Sólo son cuatro, nada más que cuatro, esos padres que alimentan a los seres! ¡Qué lástima! ¿Por qué no serán cuarenta, cuatrocientos o cuatro mil? ¡Todo es pobre, mezquino, miserable! ¡Todo se ha dado con avaricia, se ha inventado secamente y se ha hecho con torpeza! ¡Ah! ¡Cuánta gracia hay en el elefante y el hipopótamo! ¡Qué elegante es el camello!
Se podrá decir que la mariposa es una flor que vuela. Yo sueño con una que sería tan grande como cien universos, con alas cuya forma, belleza, color y movimiento ni siquiera puedo describir. Pero lo veo… va de estrella a estrella, refrescándolas y perfumándolas con el soplo armonioso y ligero de su vuelo… Y los pueblos que allí habitan la miran pasar, extasiados y maravillados…
¿Qué es lo que tengo? Es el Horla que me hechiza, que me hace pensar esas locuras. Está en mí, se convierte en mi alma. ¡Lo mataré!

19 de agosto

Lo mataré. ¡Lo he visto! Anoche yo estaba sentado a la mesa y simulé escribir con gran atención. Sabía perfectamente que vendría a rondar a mi alrededor, muy cerca, tan cerca que tal vez podría tocarlo y asirlo. ¡Y entonces!… Entonces tendría la fuerza de los desesperados; dispondría de mis manos, mis rodillas, mi pecho, mi frente y mis dientes para estrangularlo, aplastarlo, morderlo y despedazarlo.
Yo acechaba con todos mis sentidos sobreexcitados.
Había encendido las dos lámparas y las ocho bujías de la chimenea, como si fuese posible distinguirlo con esa luz.
Frente a mí está mi cama, una vieja cama de roble, a la derecha la chimenea; a la izquierda la puerta cerrada cuidadosamente, después de dejarla abierta durante largo rato a fin de atraerlo; detrás de mí un gran armario con espejos que todos los días me servía para afeitarme y vestirme y donde acostumbraba mirarme de pies a cabeza cuando pasaba frente a él.
Como dije antes, simulaba escribir para engañarlo, pues él también me espiaba. De pronto, sentí, sentí, tuve la certeza de que leía por encima de mi hombro, de que estaba allí rozándome la oreja. Me levanté con las manos extendidas, girando con tal rapidez que estuve a punto de caer. Pues bien… se veía como si fuera pleno día, ¡y sin embargo no me vi en el espejo!… ¡Estaba vacío, claro, profundo y resplandeciente de luz! ¡Mi imagen no aparecía y yo estaba frente a él! Veía aquel vidrio totalmente límpido de arriba abajo. Y lo miraba con ojos extraviados; no me atrevía a avanzar, y ya no tuve valor para hacer un movimiento más. Sentía que él estaba allí, pero que se me escaparía otra vez, con su cuerpo imperceptible que me impedía reflejarme en el espejo. ¡Cuánto miedo sentí! De pronto, mi imagen volvió a reflejarse pero como si estuviese envuelta en la bruma, como si la observase a través de una capa de agua. Me parecía que esa agua se deslizaba lentamente de izquierda a derecha y que paulatinamente mi imagen adquiría mayor nitidez. Era como el final de un eclipse. Lo que la ocultaba no parecía tener contornos precisos; era una especie de trasparencia opaca, que poco a poco se aclaraba.
Por último, pude distinguirme completamente como todos los días.
¡Lo había visto! Conservo el espanto que aún me hace estremecer.

20 de agosto

¿Cómo podré matarlo si está fuera de mi alcance?
¿Envenenándolo? Pero él me verá mezclar el veneno en el agua y tal vez nuestros venenos no tienen ningún efecto sobre un cuerpo imperceptible. No… no… decididamente no. Pero entonces… ¿qué haré entonces?

21 de agosto

He llamado a un cerrajero de Ruán y le he encargado persianas metálicas como las que tienen algunas residencias particulares de París, en la planta baja, para evitar los robos. Me haré además una puerta similar. Me debe haber tomado por un cobarde, pero no importa…

10 de septiembre

Ruán, Hotel Continental. Ha sucedido… ha sucedido… pero, ¿habrá muerto? Lo que vi me ha trastornado.
Ayer, después que el cerrajero colocó la persiana y la puerta de hierro, dejé todo abierto hasta medianoche a pesar de que comenzaba a hacer frío. De improviso, sentí que estaba aquí y me invadió la alegría, una enorme alegría. Me levanté lentamente y caminé en cualquier dirección durante algún tiempo para que no sospechase nada. Luego me quité los botines y me puse distraídamente unas pantuflas. Cerré después la persiana metálica y regresé con paso tranquilo hasta la puerta, cerrándola también con dos vueltas de llave. Regresé entonces hacia la ventana, la cerré con un candado y guardé la llave en el bolsillo.
De pronto, comprendí que se agitaba a mi alrededor, que él también sentía miedo, y que me ordenaba que le abriera. Estuve a punto de ceder, pero no lo hice. Me acerqué a la puerta y la entreabrí lo suficiente como para poder pasar retrocediendo, y como soy muy alto mi cabeza llegaba hasta el dintel. Estaba seguro de que no había podido escapar y allí lo acorralé solo, completamente solo. ¡Qué alegría! ¡Había caído en mi poder! Entonces descendí corriendo a la planta baja; tomé las dos lámparas que se hallaban en la sala situada debajo de mi habitación, y, con el aceite que contenían rocié la alfombra, los muebles, todo. Luego les prendí fuego, y me puse a salvo después de cerrar bien, con dos vueltas de llave, la puerta de entrada.
Me escondí en el fondo de mi jardín tras un macizo de laureles. ¡Qué larga me pareció la espera! Reinaba la más completa oscuridad, gran quietud y silencio; no soplaba la menor brisa, no había una sola estrella, nada más que montañas de nubes que aunque no se veían hacían sentir su gran peso sobre mi alma.
Miraba mi casa y esperaba. ¡Qué larga era la espera! Creía que el fuego ya se había extinguido por sí solo o que él lo había extinguido. Hasta que vi que una de las ventanas se hacía astillas debido a la presión del incendio, y una gran llamarada roja y amarilla, larga, flexible y acariciante, ascender por la pared blanca hasta rebasar el techo. Una luz se reflejó en los árboles, en las ramas y en las hojas, y también un estremecimiento, ¡un estremecimiento de pánico! Los pájaros se despertaban; un perro comenzó a ladrar; parecía que iba a amanecer. De inmediato, estallaron otras ventanas, y pude ver que toda la planta baja de mi casa ya no era más que un espantoso brasero. Pero se oyó un grito en medio de la noche, un grito de mujer horrible, sobreagudo y desgarrador, al tiempo que se abrían las ventanas de dos buhardillas. ¡Me había olvidado de los criados! ¡Vi sus rostros enloquecidos y sus brazos que se agitaban!…
Despavorido, eché a correr hacia el pueblo gritando: “¡Socorro! ¡Socorro! ¡Fuego! ¡Fuego!” Encontré gente que ya acudía al lugar y regresé con ellos para ver.
La casa ya sólo era una hoguera horrible y magnífica, una gigantesca hoguera que iluminaba la tierra, una hoguera donde ardían los hombres, y él también. Él, mi prisionero, el nuevo Ser, el nuevo amo, ¡el Horla!
De pronto el techo entero se derrumbó entre las paredes y un volcán de llamas ascendió hasta el cielo. Veía esa masa de fuego por todas las ventanas abiertas hacia ese enorme horno, y pensaba que él estaría allí, muerto en ese horno…
¿Muerto? ¿Será posible? ¿Acaso su cuerpo, que la luz atravesaba, podía destruirse por los mismos medios que destruyen nuestros cuerpos?
¿Y si no hubiera muerto? Tal vez sólo el tiempo puede dominar al Ser Invisible y Temido. ¿Para qué ese cuerpo trasparente, ese cuerpo invisible, ese cuerpo de Espíritu, si también está expuesto a los males, las heridas, las enfermedades y la destrucción prematura?
¿La destrucción prematura? ¡Todo el temor de la humanidad procede de ella! Después del hombre, el Horla. Después de aquel que puede morir todos los días, a cualquier hora, en cualquier minuto, en cualquier accidente, ha llegado aquel que morirá solamente un día determinado en una hora y en un minuto determinado, al llegar al límite de su vida.
No… no… no hay duda, no hay duda… no ha muerto. . . Entonces, tendré que suicidarme…
FIN